Mariano llegó muy rápido.
Este lugar, Dafna le había dado a Walter nueve años y nueve oportunidades para llegar a él, y él nunca había logrado hacerlo. Pero Mariano, un hombre al que había visto menos de tres veces, llegó en menos de media hora.-
En el fondo, no era que Walter no pudiera llegar, sino que simplemente nunca había querido ir.
Pero de ahora en adelante, Dafna no volvería a esperar amargamente en ese lugar.
El coche se detuvo y Mariano bajó del asiento del conductor. Abrió un paraguas. Bajo su abrigo negro llevaba un impecable traje gris. Al levantar el paraguas, su mirada profunda reflejaba la crudeza del invierno, pero cuando relajó el ceño, su expresión se suavizó.
Dafna sabía que aquel hombre era sumamente apuesto.
Su primer encuentro había sido en una elegante cafetería.
Ella había ido a rogarle por la licitación que Walter había perdido.
Él estaba sentado frente a ella, trazando lentamente el borde de su taza de café con sus dedos largos y nudosos. Su postura era relajada y su rostro parecía esculpido a la perfección. Al sentarse, había captado de inmediato la atención de todos a su alrededor.
Con la música de piano de fondo, parecía un príncipe salido de un cuento de hadas, pero sus palabras habían sido mordaces.
Él le dijo:
—Señorita Cordero, la verdad es que envidio a Walter. ¿Qué importa si pierde un negocio? El dinero va y viene. Pero a su lado tiene a alguien dispuesta a dejar su orgullo y dignidad por los suelos, solo para verlo sonreír un poco. Su valor de usted no tiene precio.
—Walter es ciego, no sabe apreciar el tesoro que tiene a su lado. ¿Cómo espera ganar en los negocios? Ya le cedí el paso una vez. ¿Vendrá a suplicarme de nuevo la próxima vez?
Dafna seguía inmersa en los recuerdos de aquel primer encuentro cuando Mariano llegó frente a ella. Cerró el paraguas y miró su reloj.
—Diecisiete minutos. Aún estamos a tiempo, vamos.
Dafna volvió a la realidad un tanto aturdida.
—Ah... de acuerdo.
El trámite para casarse era sencillo y pronto tuvieron el acta en sus manos. Al ver los nombres de Dafna y Mariano escritos en el mismo documento, a ella le costaba trabajo asimilarlo.
Se había casado. Su esposo no era Walter, sino el peor enemigo de él, Mariano Torres.
Era muy absurdo.
Aún más absurdo que el hecho de que Walter la dejara plantada nueve veces. Pero era una realidad innegable.
Pero todo iba demasiado rápido.
—En estos días ve empacando tus cosas. Cuando estés lista, le pediré a mi secretario que haga la mudanza.
—No es necesario, yo me encargo de eso.
Mariano hizo una breve pausa y el ambiente a su alrededor se volvió notablemente tenso.
—Dafna, yo no soy Walter. Mi esposa no tiene por qué pasar por sacrificios innecesarios.
La temperatura no había subido y seguía nevando.
Sin embargo, de alguna manera, Dafna sintió que ya no hacía tanto frío.
—Bueno, sube al coche. Te llevaré a casa.
Mariano bajó los escalones, pero Dafna se quedó inmóvil. A esa hora, si él la llevaba, era muy probable que alguien de la familia Juárez la viera.
Él notó de inmediato lo que ella estaba pensando.

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