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IMPERDONABLE romance Capítulo 111

TOMO 3. CAPÍTULO 111. Alguien más

Logan

Lo primero que pasa cuando siento ese olor a fresas es que siento que me estoy asfixiando. Todo en mi pecho se cierra de golpe y no puedo respirar.

Sé que probablemente me veo como alguien que está enloqueciendo. Carolina me mira con horror y retrocede, pero solo estoy buscando algo, cualquier cosa, algún indicio que me diga que no estoy perdiendo la cabeza.

Por desgracia sucede todo lo contrario y mis manos tiemblan mientras leo la etiqueta: Té de fresas salvajes. Producto exclusivo de BR Savage Tea.

—No puede ser… —murmuro. Me falta el aire. Me tambaleo hacia atrás, y el paquete se me resbala de las manos.

Vincent, que siempre está demasiado cerca cuando no lo necesito, aparece en escena. Me toma del brazo y trata de calmarme, pero yo estoy fuera de control.

—¡Logan, respira! ¡Por el amor de Dios, respira!

No puedo. Mis piernas se doblan, y él pierde la paciencia. Antes de que me dé cuenta me está arrastrando hacia la terraza trasera, agarra una manguera del jardín y me lanza agua directamente en la cara.

—¿Qué demonios estás haciendo? —grito, tosiendo y sacudiéndome como un perro mojado.

—Tratando de evitar que te dé un ataque al corazón, imbécil —responde con calma, aunque su tono es cortante.

—¡El té, Vincent…. el puto té de fresas! —grito mientras le doy vuelta a los setos del jardín y encuentro la condenada maceta que era de Liliana—. ¡Es ella, tiene que ser ella! ¡Eso o regresó un fantasma para torturarme! —espeto y mi hermano se cruza de brazos viendo la planta crecida y con pequeños frutos.

—La cuestión es ¿por qué lo relacionado con Liliana te tortura, Logan? —murmura antes de darme la espalda, pero no se aleja sin dejarme unas palabras que me paralizan—. De cualquier forma no vas a tener que esperar mucho para resolver el misterio, porque la fiesta con el famoso dueño de BR Savage Tea es esta noche, ¿recuerdas?

El corazón se me acelera aún más, pero por razones distintas.

Sí... Esa fiesta de los hacendados. El dueño, sea quien sea, estará allí. Así que me callo y esta vez nadie me tiene que mandar a prepararme.

Me arreglo a toda prisa y Carolina no deja de molestarme mientras nos alistamos para ir a la fiesta.

—¿Qué te pasa, Logan? Llevas todo el día actuando como un lunático —me dice mientras me lanza una mirada inquisitiva por el espejo.

—Déjame en paz, Carolina —le respondo sin mirarla.

Me coloco la chaqueta del traje y salgo de la habitación antes de que pueda seguir fastidiándome. Vincent ya me está esperando en el coche, y aunque no dice nada, sé que está tan curioso como yo sobre lo que podría pasar esta noche.

La fiesta es como cualquier otra: opulenta, llena de gente rica que no deja de hablar de sus tierras, sus negocios y sus odios hacia el gobernador. Pero esta vez algo se siente diferente. Hay una tensión en el aire, y es porque todos están esperando conocer al dueño de los regalos “carísimos”.

Por mi parte tengo que soportar todavía a Carolina, que sigue incordiando y advirtiendo que no la vaya a dejar tirada de nuevo como en la reunión anterior. Y tratando de no gritarle estoy cuando escucho murmullos a mi alrededor. Las conversaciones se detienen, noto que las miradas se dirigen hacia la entrada, y cuando levanto la vista siento que el mundo se detiene.

Liliana...

Ella está aquí...

Está entrando del brazo de Arthur Wexler, con la cabeza en alto, luciendo más elegante y poderosa de lo que jamás imaginé. Lleva un vestido negro que le queda como un guante, y cada paso que da parece diseñado para hacer que todos la miren.

Es hermosa.

Me acerco corriendo pero mi mano no se mueve para tenderse hacia mi esposa, solo me aparto cuando se pone de pie con gestos torpes, tratando de levantarse sobre sus tacones, furiosa.

—¡¿Se te olvidó quién soy yo, mladit@ estúpida?! —grita pero Liliana no la mira. Sus ojos solo están fijos en los míos cuando responde.

—Claro que no olvido quién eres, Carolina, y sé exactamente lo que eres capaz de hacer… Pero ni eso te sirvió de nada, ¿verdad? Porque las dos sabemos que a pesar de todo lo que hiciste, ni siquiera pudiste conseguir que tu hombre te caliente la cama.

Siento que la sangre abandona mi rostro, y puedo jurar que el salón entero contiene el aliento.

Pero antes de que pueda reaccionar el dueño de la hacienda, el señor Braxton, da un paso al frente, con el ceño fruncido y la voz elevada para imponerse sobre el escándalo.

—¿Qué demonios es lo que está pasando? —Su tono es severo, como el de alguien acostumbrado a que lo obedezcan y encima de eso está nervioso—. ¡No voy a tolerar que hagan escenas en esta fiesta! ¡¿Olvidaron que estamos esperando un invitado demasiado importante?!

Liliana no parece intimidada ni un poco. Sus ojos brillan con una mezcla de desafío y aburrimiento, y no necesita gritar ni moverse para hacer notar su presencia; es su silencio, tan firme y cortante, lo que llena el salón.

Carolina, en cambio, está hecha una furia. Se pone de pie con las mejillas encendidas, todavía tocándose el lugar donde recibió la bofetada.

—¡Esta es la única que está aquí para hacer una escena! —grita, señalando a Liliana con el dedo como si fuera una amenaza—. ¡Acaba de golpearme! ¡Pero qué otra cosa se puede esperar de una muerta de hambre que solo está aquí porque quiere escalar seduciendo al CEO de esa maldit@ empresa!

La rabia que me invade es indescriptible. Apenas pienso antes de actuar. Agarro a Carolina del brazo y la tiro hacia mí con más fuerza de la necesaria.

—¡Cállate! —le digo entre dientes, mirándola directamente a los ojos. Mi voz tiembla y no es de miedo, sino de frustración y algo más que no puedo nombrar—. ¡Cállate, Carolina!

—¡No me callo nada! ¡Yo soy la hija del comisionado de este condado, solo estoy alertando a todos aquí que tienen una oportunista metida en su fiesta!

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