TOMO 3. CAPÍTULO 112. La dueña
Liliana
¿Lo estoy disfrutando? Mucho.
¿Aprendí que la gente puede ser muy predecible? También. Así que Carolina me está dando lo que necesito justo cuando lo necesito.
Veo al dueño de la hacienda en la que estamos adelantarse. Por supuesto que ya lo conozco, Kolya me facilitó los expedientes de todos aquí, así que sé que se pondrá arrogante y autoritario.
—¡Esto es inaceptable, señorita! Es una pena que esté acompañando a alguien tan distinguido como el señor Wexler, pero tendré que pedirle que se retire de inmediato. ¡Aquí no toleramos este tipo de comportamientos!
Lo miro levantando una ceja, divertida y doy un paso hacia él.
—¿Al menos sabe por qué la golpeé? —le pregunto mirándolo a los ojos y veo que Logan da un paso hacia mí pero Arthur lo bloquea.
—¡Eso no es relevante! ¡La señora St Jhon en un miembro importante de nuestra comunidad! ¡Confío en su palabra!
—¡Braxton, no digas estupideces! —gruñe Logan y por un segundo eso me hace sonreír.
—Dígame otra vez que me vaya —le repito al viejo y veo que se pone colorado.
—¡Márchese de mi hacienda ahora mismo, está deshonrando el nombre del señor Wexler! —gruñe y yo asiento.
—Qué irónico ¿no? —digo, dejando que mi voz, firme pero calmada, llene el salón—. Aceptan que la hija corrupta de un hombre corrupto sea una completa impresentable en sus fiestas, pero no aceptan que yo me defienda.
El dueño de la hacienda abre la boca para responderme, pero le hago un gesto de hastío para que se calle. Mi atención está en algo más importante; y me giro hacia Arthur, que está esperando mi señal con paciencia impecable.
—“Dime con quién andas y te diré quién eres”. ¿Verdad? —Lo miro directamente—. Creo que es hora de irnos, fue un error venir aquí.
Arthur inclina la cabeza frente a mí con elegancia y sus siguientes palabras hacen que todos se paralicen.
—¡Sí, señora! Me disculpo por haberle pedido que viniera. Fue mi error confiar en esta invitación, lo asumo totalmente. Le aseguro que no volverá a suceder. ¡Le juro que jamás volverá a suceder!
Por un instante, todo el salón se sumerge en un silencio absoluto. Las caras alrededor parecen congeladas en una mezcla de sorpresa y confusión. Puedo sentir sus ojos fijos en mí, y eso es lo que quiero. Este es mi terreno, y ellos ni siquiera se dan cuenta.
El dueño de la hacienda finalmente se sacude el impacto, con el ceño fruncido mientras observa a Arthur guiarme a la salida.
—¡Señor Wexler! ¿Por qué se disculpa con ella? —pregunta, con un tono entre la incredulidad y el reproche—. ¡Solo es una…!
Arthur se da la vuelta con una brusquedad que podría helar la sangre de cualquiera y se acerca a él escupiéndole entre dientes.
—¡Cierra la boca, maldito imbécil! ¡Me disculpo porque no quiero perder mi posición como CEO! Después de todo, por tu culpa acabo de decepcionar a la dueña de BR Savage Tea.
Su declaración cae como una bomba en el salón mientras yo me alejo hacia la salida como si no tuviera nada más que hacer aquí. El ruido de los tacones es casi tan rítmico como mi respiración, la camioneta negra frena justo frente a mí y el chofer se apresura a bajar y abrirme la puerta.
—Señora…
—Valencia —se apura Arthur.
—Señora Valencia, queremos explicarle la situación que estamos enfrentando —dice uno de ellos—. Como usted sabrá, la nueva ley del gobernador podría destruirnos. Necesitamos su apoyo para impedirlo.
—Ajá... —digo, mientras mis ojos recorren el salón, asegurándome de que Logan me está escuchando desde el otro extremo.
Su mirada es penetrante y siento que mi piel se eriza de la mejor manera. Estoy disfrutando esta adrenalina porque él también es predecible y sé lo que vendrá después.
—Esta ley limitará nuestra producción, nuestras exportaciones y nuestras ganancias —continúa otro de los hacendados, tratando de captar mi atención—. Si no hacemos algo, muchos de nosotros perderemos todo.
Los dejo hablar por unos minutos más, asintiendo ocasionalmente, como si realmente estuviera considerando lo que dicen. Pero en el fondo sé que este es el momento perfecto para soltar la bomba. La incertidumbre es una herramienta poderosa, y estoy a punto de usarla.
—Bueno, entiendo su preocupación —digo finalmente, con un tono sereno, casi casual—. Sin embargo, debo ser honesta con ustedes: esa ley no me afecta en lo absoluto.
Un silencio sepulcral cae sobre el grupo. Es como si hubiera apagado las luces del salón de golpe.
—¿Cómo dice? —pregunta uno de ellos, con un tono que apenas oculta su alarma.
—Mis activos siguen siendo extranjeros —respondo, dejando que cada palabra caiga con un peso calculado—. Por lo tanto, estoy exenta de las restricciones que propone esta nueva ley. Honestamente, ¿por qué iría contra el gobernador?

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