TOMO 3. CAPÍTULO 119. La tercera opción
Liliana.
Los ojos de Derrick se agrandan, y puedo escuchar a Logan tomar aire bruscamente detrás de mí. Miro de reojo y veo que ahora está completamente confundido y ofuscado, con la mandíbula y los puños apretados.
—¿Qué demonios quieres decir con "quitarme todo"? —dice Derrick, alzando la voz y veo cómo Logan da un paso hacia nosotros, uno inconsciente que yo detengo levantando una mano.
Le sonrío con calma y Derrick me mira como si no pudiera decidir si está aterrado o furioso, y no puedo explicar cuánto lo disfruto. Me doy la vuelta lentamente, dejando que el sonido de mis tacones sobre el suelo pulido llene la sala, y siento la mirada de Logan quemándome la espalda mientras ignoro a ambos, saco mi teléfono y marco un número.
Pasan solo unos segundos antes de que me contesten y digo con calma:
—Ya estamos listos para ti, Arthur.
Ese nombre hace que Logan me mire con ansiedad, pero solo yo sé lo que está por venir. Es la parte más dulce de mi plan.
Logan gruñe. Literalmente. Es un sonido bajo y gutural que me hace sonreír un poco, aunque no lo dejo ver.
Y Derrick, en cambio, parece al borde de la histeria.
—¡Sal de aquí! —espeta, intentando recuperar algo de autoridad—. No sé qué es lo que estás maquinando pero… será mejor que te vayas antes de que te haga sacar a la fuerza.
—Tú y cuántos más —gruñe Logan avanzando hacia él y me río suavemente, casi con lástima, porque ninguno de estos hombres realmente es bueno.
Sin embargo antes de que las cosas se salgan de control la puerta se abre de golpe, tan violentamente que rebota contra la pared, y Arthur entra con esa energía arrolladora, seguido por un equipo de abogados que parecen salidos de un comercial de firmas de alto perfil. Llevan trajes impecables, miradas severas, y una actitud que dice: “Ya hemos ganado”.
Arthur se detiene frente al escritorio, con una carpeta gruesa en la mano, y sin decir una palabra la lanza sobre el escritorio entre Derrick y yo. El golpe del papel contra la madera resuena en la sala, silenciando cualquier intento incluso de pregunta.
—Demanda —dice Arthur con tono grave y cargado de desprecio antes de corregirse—. Dos demandas.
Derrick retrocede un paso y veo cómo su rostro pasa del enojo al pánico absoluto.
Me cruzo de brazos, disfrutando del espectáculo. Miro a Logan de reojo, esperando ver su reacción. Está rígido, con los puños apretados, como si estuviera a punto de explotar.
Pero esto apenas comienza.
—En esa carpeta hay dos demandas preparadas. —Me aseguro de arrastrar las palabras, disfrutando cada segundo de la tensión en el aire mientras miro a Derrick a los ojos—. Una por pensión alimenticia y otra por abandono de tus hijos. ¿Sabes lo que eso significa, verdad?
Derrick retrocede un paso, tropezando con su escritorio mientras sus ojos se fijan en mí con horror. Y Logan, por su parte, está mudo, observando el intercambio como si estuviera viendo una bomba a punto de estallar, o como si estuviera estallando dentro de él.
—Eso… hay un error ahí… —balbucea Derrick, sudando profusamente y yo me encojo de hombros.
—No, no. Ningún error, querido. —Camino hacia él con calma, colocando una mano sobre la carpeta—. Tú firmaste una declaración jurada frente a la fiscalía del estado de California, asegurando que mis hijos son tuyos. Esa declaración se tomó como verdadera… así que no quiero imaginarme lo que pasaría si de pronto dices que no es cierto y descubren que cometiste… ¿cómo se llama? —Me giro para preguntarle al abogado y este me sonríe.
—Perjurio.
—¡Eso, perjurio! ¿Y de cuánto es la pena?
—El Código Penal de California castiga ese delito con penas de cárcel de hasta cuatro años —responde el abogado y yo miro a Derrick con un puchero fingido.
—Bueno, ya lo escuchaste. Sería una pena que después de hacerte millonario por pasar seis meses en la cárcel, de repente volvieras a ella cuatro años más… cuatro que yo me aseguraré de convertir en diez… veinte… treinta… —Dejo escapar un suspiro y levanto la carpeta—. ¡Entonces! Según mis cálculos y con lo que veo aquí, mis abogados podrán asegurarse de que pagues una pensión de cien mil dólares al mes por cada gemelo. —Hago una pausa, disfrutando el efecto de mis palabras—. Y con lo buenos que son estoy seguro de que te los harán pagar por adelantado, así que doscientos mil al mes por dieciocho años…
—Cuarenta y tres millones, doscientos mil dólares —advierte el abogado y yo aplaudo.
—¡Exactamente! —exclamo—. Así que tal como yo lo veo tienes dos opciones: o le pides mucho más dinero a quien sea que te haya pagado… o te pones a trabajar como un poseso para pagarme los cuarenta y tres millones que les debes a mis hijos porque… bueno, la tercera opción es volver a la cárcel, querido.

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