Cristina no se atrevió a seguirlos por temor a ser descubierta.
Si había alguien que conocía la personalidad de Hugo a la perfección, era ella.
Si él fuera de los que ceden ante el acoso insistente de una mujer, Vania habría logrado conquistarlo hace mucho tiempo.
Cristina regresó a casa con el ánimo por los suelos. Elena lo notó de inmediato; su hija rara vez llegaba con esa cara, y se preguntó quién tendría el atrevimiento de molestarla.
En las últimas semanas, los problemas en Corporativo Alba habían sido un tema tabú. Cristina solo daba buenas noticias en casa, por lo que su madre vivía en la ignorancia total.
Luciano, por su parte, seguía yendo a la oficina, pero gracias a las acciones de Alba, ya se codeaba con la élite multimillonaria.
Pasaba sus días de fiesta en fiesta, embriagándose de los halagos ajenos, y había perdido todo el interés en gestionar la empresa.
Después de sus parrandas, regresaba a casa solo para adular a Cristina, consciente de que seguir bajo la sombra protectora de su prima era su boleto dorado para mantener su vida de lujos.
—Cristina, mi niña, ¿qué tienes? Por cierto, ¿qué pasa con Hugo últimamente? Hace una eternidad que no viene a comer a la casa —comentó Elena, con el ceño fruncido.
Elena también sospechaba que algo no andaba bien.
En el pasado, Hugo solía visitar a la familia Figueroa casi a diario.
Siempre la acompañaba a ella, a Cristina y al pequeño Xavi cuando visitaban a la abuela.
Pero desde que el Corporativo Alba había pasado a nombre de Cristina, Elena hizo cálculos y se dio cuenta de que llevaba más de medio año sin verle la cara a Hugo.
Ella había asumido que el traspaso de la empresa era el paso previo para formalizar el compromiso y fijar una fecha de boda.
Pero lejos de unirlos más, el trámite parecía haberlos distanciado, al punto de que pasaban semanas enteras sin verse.
Luciano, absorto en sus lujos, ni se había inmutado. Se dejó caer en el sofá de la sala, cruzando las piernas con actitud petulante.

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