—Kiki, la familia Zúñiga te crió veinte años. Ya hicimos más que suficiente. Firma este acuerdo.
Tristán Zúñiga empujó un paquete grueso de documentos hasta dejarlo frente a Kiara Valdez.
Enseguida, deslizó un cheque por quinientos mil pesos y lo dejó junto al acuerdo.
—Al final, fuiste como una hija. Toma estos quinientos mil… considéralo una compensación de la familia Zúñiga.
Kiara estaba de pie frente al escritorio, en un despacho impregnado de un incienso que, en otro momento, habría resultado reconfortante. En su mirada oscura y fría asomó una burla.
—¿Con quinientos mil quieren borrar todo? —sonrió con sarcasmo—. ¿Es porque para ustedes valgo así de poco… o porque esta “gran” familia Zúñiga, que se la vive presumiendo, no puede soltar más que eso?
Tres meses atrás, la familia Zúñiga descubrió que Kiara no tenía lazo de sangre con ellos. Entonces, gastaron tiempo y dinero para traer de vuelta a su hija biológica: Catalina Zúñiga.
La verdadera heredera había regresado.
Y Kiara, que había llegado a esa casa siendo niña y había pasado ahí veinte años, se convirtió de pronto en alguien desechable.
—¿Qué? ¿También te haces la exquisita con quinientos mil? —Dana Zúñiga frunció el ceño y la miró con asco—. Esa cantidad es más de lo que tus papás de allá afuera ganarían en años, ¿y todavía te pones tus moños? Firma ya. Y cuando termines, tú y la familia Zúñiga cada quien por su lado, sin nada que ver el uno con el otro.
—Mamá, no digas eso… —Catalina, que apenas llevaba dos meses de haber regresado, iba vestida con un conjunto de diseñador y accesorios carísimos; se veía como toda una niña bien.
Su carita lucía dulce; su voz, suave:
—Kiara fue “la hija” de esta casa durante veinte años. Si ahora la mandan a vivir allá afuera, claro que no le va a gustar.
Catalina había escuchado lo que sus padres decían: que la familia biológica de Kiara estaba en la miseria.
Un abuelo enfermo en cama, un papá inútil sin trabajo, y tres hermanos que ni para casarse tenían.
Una familia así…
Puros parásitos.
En cuanto Kiara regresara, seguro la exprimirían hasta el último peso.
Catalina se sintió satisfecha. Remarcó a propósito lo de “allá afuera” y observó la reacción de Kiara.
Cuando vio el rostro de Kiara, impecable y llamativo bajo la luz dorada del día, un destello de celos le cruzó los ojos.
Sonrió más, con una dulzura empalagosa:
—Aunque tu familia… parece que vive por una zona bien fea, al final es tu familia de verdad. Mejor eso que quedarte aquí aguantando caras, ¿no?
Mordió con intención las palabras “de verdad”, presumiendo su victoria.

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