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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 107

—Por ahora, sí quedó estable. —Con la crisis controlada, Kiara guardó las agujas y se limpió los dedos con calma—. Ella tiene una condición de nacimiento; lo de hoy fue por un golpe emocional.

Joaquín no apartó la vista de Eloísa. Al ver que recuperaba color y respiraba parejo, por fin fue aflojando el puño que había tenido apretado.

Bajó un poco la mirada y se fijó en los dedos de Kiara mientras se limpiaba: largos, fríos, finos.

Curvó los labios, con una emoción difícil de leer en el fondo de los ojos.

—Gracias.

Kiara tiró la toallita al bote, tomó su mochila y alzó la vista con flojera.

—No hace falta.

—¿Cómo que no? —Joaquín soltó una risa baja—. Hoy se rifó, doctora Ibarra. Ya es tarde… ¿qué tal si cenamos?

Kiara checó la hora.

—No. Hay comida familiar. Me tengo que ir.

Mientras hablaba, abrió la mochila y sacó un frasco de porcelana sencillo. Se lo extendió a Joaquín.

No tenía etiqueta; solo se percibía un aroma tenue a hierbas.

—Una al día. Le va a ayudar a estabilizar el corazón. Aquí hay para un mes. Cuando termine, si ya está más firme, se puede considerar un tratamiento de medicina tradicional a fondo.

Joaquín lo recibió. Sus dedos rozaron, como sin querer, la punta de los de Kiara.

A Kiara le subió un cosquilleo por el brazo.

Se le encogieron los dedos por reflejo.

Alzó la mirada de golpe y se topó con esos ojos de Joaquín, brillantes, demasiado cercanos.

Su cara, fría y perfecta, estaba a nada de distancia.

—No. Quédate con tu hermana; no debe tardar en despertar. —Kiara lo volvió a rechazar. Echó a andar sin voltearse—. Mohamed trajo el carro.

Mohamed le hizo una seña respetuosa a Joaquín y se fue rápido detrás de Kiara.

En el cuarto solo quedaron Joaquín y Luciano.

Joaquín entrecerró los ojos, sin apartar la vista de la dirección por donde Kiara desapareció.

Con los dedos largos, fue girando el frasco frío en la palma.

Como si todavía guardara el calor de ella.

—A ver, ¿qué trae esa pastilla que está tan cabrona? —Luciano se asomó con curiosidad, clavando la mirada en el frasco—. Ellie tiene lo del corazón desde hace años, ha visto a quién sabe cuántos doctores y nadie ha podido decir “ya quedó”. Con cualquier cosa que la altere, le da.

De verdad no entendía cómo esa chava podía estar tan segura de que su producto —sin etiqueta, sin nada— iba a servir.

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