Al escuchar los murmullos a su alrededor, a Pamela Ibarra le zumbó la cabeza.
Sintió como si algo hubiera explotado dentro de su mente en ese instante.
El rostro se le descompuso por completo, sin una gota de color en sus mejillas.
Su mundo se estaba desmoronando.
Desde que Kiara entró a la Universidad Libre del Sur, Pamela se había esforzado por implantar la idea de que Kiara era solo una campesina de un pueblo perdido.
Gracias a ese prejuicio, nadie había relacionado jamás el apellido 'Ibarra' de Kiara con la familia Ibarra, la más adinerada de Clarosol.
Después de todo, había muchísimas personas en el mundo que compartían el mismo apellido.
Pero ahora, Kiara brillaba con una luz deslumbrante, admirada por todos.
Y con la aparición de Joaquín, esa mentira que tanto había intentado ocultar, acababa de ser rasgada de un solo tirón.
Si... si dejaba que la gente siguiera atando cabos, la imagen de señorita Ibarra que tanto trabajo le había costado construir y mantener, se arruinaría por completo.
¡Se perdería todo!
Jamás podría soportar que todos supieran que era una impostora a la que habían echado a la calle.
Pamela temblaba de pies a cabeza, presa del pánico.
No podía quedarse en esa isla ni un segundo más.
Olvidándose por completo de su papel de víctima, agarró con fuerza el brazo de Sabrina Benítez.
—¡Sabri, vámonos! ¡Vámonos de aquí rápido!
Mantenía la cabeza gacha, caminando a tropezones, desesperada por escapar de esas miradas inquisitivas.
Sabrina, jalada bruscamente, frunció el ceño e intentó zafarse de ella soltando un insulto.
Pero Pamela no dijo nada, solo aceleró el paso.
—¡Vaya, vaya! —sonó de repente una voz femenina y potente, cargada de una sonrisa burlona—. Pamela Ibarra, ¿a dónde vas tan rápido?
—Mientras estuviste en la isla te creías mucho, ¿no? ¿Por qué ahora huyes con el rabo entre las piernas?
—Tsk, tsk, ¿acaso tienes la conciencia sucia?
Era Rosana.

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