Clarosol, un barrio marginado.
Pamela Gómez estaba de pie frente a aquel edificio viejo y destartalado, tirando de su maleta. Un lugar que le resultaba ajeno pero a la vez conocido, y al que nunca hubiera querido regresar.
Todo se veía aún peor de lo que recordaba.
El pasillo estaba a oscuras y apestaba a humedad.
Respiró hondo y avanzó.
Realmente no quería volver ahí.
Pero no le quedaba otra opción.
Después de sufrir un infierno en ese viejo barco, había ido directamente al departamento de lujo que Sebastián Benítez le había conseguido.
Sin embargo, se dio cuenta de que la contraseña del acceso ya no funcionaba; ni siquiera pudo entrar al edificio.
Presa del pánico, marcó el número de Sebastián con las manos temblorosas.
Cuando contestaron, solo escuchó los gritos locos y desquiciados de Sebastián, acompañados del sonido de cosas rompiéndose.
Al tener las piernas y las manos destrozadas, se había convertido en un inútil, y eso lo había llevado a perder la cordura por completo.
—¡Pamela Gómez! ¿Qué pasa? ¿Todavía quieres ser mi perra?
—¡Jajaja! ¿Para qué vas al departamento? Ven aquí, te trataré muy bien...
Su tono era espeluznante y decía incoherencias.
Era evidente que había perdido la cabeza.
Aun en su sano juicio, Sebastián ya era lo bastante perturbador.
Y ahora...
Estaba completamente loco.
—¡Pamela, ven aquí! ¡Ven a verme ahora mismo!
Ese grito aterrador hizo que Pamela se estremeciera de miedo y el celular se le cayó al piso.
Lo recogió rápido y colgó de inmediato. No se atrevería a ir a buscarlo.
Sin nadie más a quien recurrir.
Solo le quedó arrastrar su pesada maleta hacia los callejones más pobres de Clarosol.
De vuelta a ese cuartucho miserable que Lucía, su verdadera madre, le había dejado.
Cuando Pamela llegó, caminó con mucho cuidado, mirando hacia todos lados.
Se tranquilizó al confirmar que no estaba aquel hombre que afirmaba ser su padre biológico, el mismo que casi la vende a un casino.

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