—Papá, yo...
Guillermo Benítez no la dejó hablar y le soltó otra patada.
—¡Te ordené que acabaras con la vida de esa tal Kiara Ibarra mientras estabas en la isla! ¡¿Por qué no lo hiciste?! ¡¿Por qué la dejaste salir viva de ahí?!
—¡¿Acaso no te das cuenta de que esa isla era el lugar perfecto?! ¡Ahora que regresó a Clarosol, será casi imposible deshacernos de ella!
—¡Eres una inútil!
Guillermo continuó dándole una golpiza sin piedad.
Sabrina no paraba de gritar de dolor, sintiendo que no iba a sobrevivir a tantos golpes.
Cuando Guillermo por fin se cansó, la miró con furia y ordenó:
—¡Llévenla abajo, a la zona del laboratorio!
Al escuchar la palabra 'laboratorio', Sabrina se puso blanca del terror. Sabía perfectamente de qué lugar se trataba; si la llevaban allí, ¡terminaría como sujeto de pruebas y perdería la vida!
Se arrastró desesperada y se aferró a las piernas de Guillermo, llorando a gritos:
—¡Papá, por favor! ¡No arruiné nada! ¡Te juro que no eché a perder el plan! Si dejé viva a esa desgraciada de Kiara, fue porque quería asegurarme de ganar esta competencia, ¡y estoy segura de que voy a ganar!
—¡Te prometo que el Equipo Atrapasueños se quedará con el primer lugar!
—Por eso dejé que Kiara viviera, porque... ¡porque el informe del experimento neuronal que voy a presentar va a romper un récord mundial! ¡Es tan bueno que a nivel nacional lo van a usar de ejemplo y vamos a conseguir la máxima patente del gobierno!
Temiendo que su padre volviera a golpearla, Sabrina habló a toda velocidad.
Al terminar de hablar, se quedó jadeando, con la respiración entrecortada por el llanto.
Guillermo se detuvo en seco.
Miró a su hija con el ceño fruncido, sin creerle una palabra.
Conocía muy bien el nivel y las capacidades de Sabrina.
Tenía algo de talento.

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