—La niñita tiene agallas —gruñó El Enviado, con voz tenebrosa.
Apretó los dientes con furia asesina:
—¡Pero atreverse a jugar con Ocaso Negro significa la muerte!
Levantó la mano de golpe y rugió:
—¡Ataquen!
Varios miembros del Equipo A soltaron un rugido espeluznante y se lanzaron contra los dos.
En ese momento, Kiara por fin pudo verlos bien.
Bajo esas enormes capas negras, había rostros deformados que apenas parecían humanos. Músculos abultados a punto de reventar, venas entrelazadas como raíces, ojos inyectados en sangre, rostros torcidos. Parecían mitad hombres, mitad bestias.
Era una visión grotesca.
Antes de que se acercaran, Joaquín fue el primero en moverse.
Con una velocidad asombrosa, le plantó una patada a uno de los engendros que se abalanzaba sobre Kiara.
Un golpe seco resonó.
El sujeto retrocedió un par de pasos.
Joaquín sacó su arma y disparó a quemarropa.
¡Bang, bang, bang!
Los tiros dieron directo en el pecho del líder del grupo.
Pero lo aterrador fue que...
Las balas solo se incrustaron superficialmente en el monstruoso músculo.
¡No derramaron ni una sola gota de sangre!
No sintieron nada, no se detuvieron. Siguieron avanzando con fuerza bruta, ignorando los disparos.
Joaquín entrecerró los ojos y guardó el arma en su espalda.
En un instante, conectó otra patada.
Uno de los hombres salió volando y se estrelló contra la pared, dejando un enorme cráter. Pero el sujeto solo sacudió la cabeza, se levantó y volvió a la carga.
Joaquín esquivó el ataque, defendiéndose.

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