—Los llamamos Bio-quimeras —continuó El Enviado, lleno de orgullo—.
—Las células de estos mutantes han sido completamente alteradas. ¡Su fuerza de combate no tiene rival!
—¡No solo no sienten dolor, sino que las armas no les hacen daño!
—¡Son el mayor orgullo de Ocaso Negro, máquinas de matar invencibles que barrerán con todo el planeta y nos llevarán a la cima!
El Enviado fulminó a Kiara con la mirada, destilando veneno.
—Es un honor para ustedes morir en sus manos.
Kiara curvó sus labios rojos en una sonrisa cargada de desprecio.
—Aceleración de regeneración celular, corte de terminales nerviosas del dolor...
—Músculos tensados como el acero, inmunes a los impactos físicos, pero el sistema nervioso central está totalmente expuesto.
—Sinceramente, con debilidades tan evidentes...
Chasqueó la lengua.
—¿No les da vergüenza sacar a pasear estos fracasos?
El rostro del Enviado se desfiguró por la ira.
—¡Maldita insolente! ¡Háganla pedazos!
Kiara se levantó con pereza.
Levantó un poco su mano derecha.
Entre sus finos y pálidos dedos, varias agujas brillaron bajo la luz con un destello gélido.
Las dos Bio-quimeras ya estaban frente a ella, con la sed de sangre rebosando en sus ojos enloquecidos.
Giró la muñeca.
Las agujas se convirtieron en ráfagas imperceptibles para el ojo humano.
Con precisión milimétrica, se clavaron en los puntos de acupuntura de la nuca de los monstruos.
Esos gigantes que apenas un segundo antes parecían invencibles...
Se paralizaron por completo.
¡Pum!
¡Pum!
Sin poder emitir un solo quejido, sus ojos se pusieron en blanco.
Cayeron pesadamente al suelo, totalmente inmóviles.
Joaquín, con solo una mirada a Kiara, entendió lo que debía hacer.
La química entre ellos no necesitaba explicaciones.


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