Damián abrió la boca, pero no logró articular ni un sonido.
Se quedó mirando fijamente a Kiara.
Su mente era un absoluto caos.
No lograba conciliar la imagen de la chica frente a él con La Muerte Viviente de sus recuerdos, la misma que lo había dejado traumatizado y le había quitado las ganas de aceptar misiones por mucho tiempo.
¡Esa Muerte Viviente era la hermana a la que había jurado proteger con su propia vida!
Al ver que Damián seguía clavándole la mirada a Kiara, a Esteban se le subió la sangre a la cabeza.
—¡¿Todavía te atreves a mirarla así?!
Esteban se aflojó el cuello de la camisa de un tirón y le propinó una patada en la corva a Damián.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Aún te duele no haber completado tu encargo y quieres matarla?!
—¡Te voy a matar a ti por ser una vergüenza para esta familia! ¡¿Cómo te atreves a aceptar un contrato contra tu propia sangre?! ¡No vas a salir vivo de aquí hoy!
Los puños cayeron sobre él como una lluvia de meteoritos.
—¡Auuu!
Damián chilló, se encogió y lo esquivó con agilidad, gritando a todo pulmón.
—¡Esteban, en la cara no! ¡Maldita sea, te juro que no sabía que el objetivo era ella!
—¡Ya basta! ¡Álvaro, ayúdame! ¡Kiara, sálvame!
—¡¿Y tienes el descaro de pedirle piedad?! —Esteban lanzó otra patada, moviendo el sofá de su sitio con el impacto.
Al ver que la cosa se ponía fea, Damián dio un giro rápido y corrió hacia el mayor de los hermanos.
—¡Álvaro, sálvame!
Álvaro, con suma elegancia, se hizo a un lado y recogió la computadora portátil que tenía cerca para evitar que sufriera daños.
Incluso le advirtió con tono amable:
—Damián, corre todo lo que quieras, pero no vayas a tirar el plato de frutas de Kiara.
Damián se quedó estupefacto.
¡¿Acaso ese era su verdadero hermano?!
Por supuesto, Álvaro dejaba claro que él solo velaba por su adorada hermana.
A decir verdad, Damián era el mejor cazarrecompensas de la red, así que sus habilidades de combate no eran nada despreciables. Incluso frente a un tipo duro como Esteban, del Comando Draco, podría haber dado pelea.
Pero bajo la pura presión familiar y sabiendo que él tenía la culpa, lo único que podía hacer era cubrirse la cabeza y huir.
En un instante, la sala de estar se volvió un manicomio.
Esteban perseguía para golpear.
Damián corría por su vida.
Joaquín estaba a un lado, luciendo impecable y completamente relajado.


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