Damián bebió felizmente el contenido de su tazón de sopa de mariscos, sin dejar ni una sola gota.
¡Su querida hermana se lo había traído con sus propias manos!
Con ese trato preferencial de Kiara, Damián sintió que flotaba de alegría, olvidando por completo el dolor de los golpes que acababa de recibir.
Puso el tazón vacío sobre la mesa y una sonrisa arrogante, llena de excesiva confianza, apareció en su apuesto rostro.
—Mira y aprende, Kiara.
Damián se arremangó, tiró de la enorme silla de cuero hacia sí y se sentó frente a la computadora con una pose altanera.
Su hermoso rostro irradiaba una confianza que gritaba que su gran momento había llegado.
Hizo crujir sus largos y ágiles dedos sobre el teclado, produciendo unos nítidos chasquidos.
—No te preocupes. Quienquiera que se haya atrevido a ofrecer treinta mil millones en la red oscura por tu cabeza... ¡Hoy voy a desenterrar hasta su último secreto!
Después de todo, él era el cazarrecompensas número uno de la red oscura.
Tenía los privilegios de rastreo más altos de todo el sistema clandestino.
Esto sería pan comido para él.
Mientras sus dedos empezaban a teclear, no pudo evitar presumir de sus habilidades frente a su hermana.
—Te digo algo, puede que no sea el mejor en otras cosas, pero en la red oscura nadie me iguala. ¡No tienes idea, soy el número uno! ¡Soy el mejor cazarrecompensas y mis habilidades de hackeo son intocables!
—La última vez que dijiste eso, Kiara te pateó directo a un contenedor de basura —intervino Esteban con el rostro inexpresivo, apoyado en la pared con los brazos cruzados.
A Damián le latió la sien y sus dedos se detuvieron.
—¡¿Podrías no mencionar eso, Esteban?! ¡Eso pasó hace tres años!
Álvaro, sentado en el sofá, se acomodó las gafas doradas con una sonrisa suave pero letalmente precisa.
—Tres años y dos meses.
—¡...Álvaro!
—Solo estoy relatando los hechos —dijo Álvaro sin inmutarse.
Kiara seguía acurrucada plácidamente en el sofá, observando a Damián con una sonrisa ladeada.
Joaquín, recostado perezosamente al lado de Kiara, entrecerró sus grandes ojos, proyectando un aire de elegancia descuidada, y aconsejó:
—Damián, deberías concentrarte. Cuando haces un rastreo inverso, cualquier distracción puede ser fatal.
Damián respiró hondo, conteniéndose.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste