—¡Kiara Ibarra, incluso si eres La Muerte Viviente, aunque seas inmune a los venenos, si inhalas tan solo un poco de esto, te corroerá hasta no dejar ni los huesos!
—¡Incluso si eres un dios, hoy morirás ahí dentro!
El Enviado apoyó ambas manos sobre la mesa, con los ojos inyectados en sangre fijos en la pantalla.
Ansiaba con toda su alma ver la imagen de Kiara llevándose desesperada las manos a la boca, asfixiándose bajo el efecto tóxico.
Deseaba con locura verla golpeando aterrorizada el grueso cristal blindado, rogando por piedad.
Y luego, admirar cómo sus movimientos se ralentizaban, cómo su cuerpo empezaba a paralizarse hasta no poder moverse en absoluto, y finalmente observarla retorcerse de dolor, llevándose las manos a la garganta mientras se desplomaba en el suelo, para luego ser despedazada brutalmente por esos monstruos enloquecidos.
Sin embargo, al segundo siguiente.
La maliciosa sonrisa de El Enviado, por enésima vez, se congeló en su rostro, borrándose lentamente de sus facciones.
En la pantalla del monitor.
La espesa niebla tóxica y esmeralda ya había engullido toda la Cápsula 10.
Pero la joven de pie, justo en el centro de aquella neblina letal, ni siquiera había atinado a cubrirse la nariz o la boca.
Ni siquiera frunció el ceño.
Simplemente, levantó su mirada despacio.
Ese rostro inusualmente hermoso y gélido se asomaba de forma intermitente entre el denso mar de toxinas que flotaba a su alrededor.
A través del lente de vigilancia.
Una vez más, como si pudiera ver los ojos de El Enviado más allá del monitor, Kiara le sostuvo la mirada directamente.
Y entonces.
La comisura de sus labios carmesí se elevó ligeramente.
Esa sonrisa arrogante y cargada de burla, comenzó a dibujarse lentamente, acentuándose más y más.
El Enviado frunció el ceño con violencia.
Se quedó mirando fijamente la frágil silueta envuelta en aquel gas venenoso en la pantalla.
No podía creerlo.
¡Ya tenía la muerte respirándole en la nuca y Kiara Ibarra todavía tenía las agallas para sonreírle a él, atreviéndose a provocarlo!
Cualquier persona sabría que esos gases eran completamente fatales para un ser humano. Una simple inhalación bastaba para provocar parálisis inmediata en todo el sistema nervioso, destrozar las vías respiratorias en cuestión de segundos y dejar a cualquiera incapacitado.
Por muy buena o ágil que fuera Kiara.


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