Un hombre mayor con bata blanca llegó casi corriendo. Tenía el cabello entrecano despeinado y una capa de sudor en la frente.
—¿Director? ¿Usted qué hace aquí? —Los profesores y jefes de área se quedaron sorprendidos; no esperaban ver ahí a Julio, que casi nunca se aparecía.
¿Será que la paciente de ese cuarto lo había hecho venir?
—¡Director, es ella! —Luna, como si encontrara salvación, se lanzó hacia él señalando a Kiara—. Está practicando sin permiso. Quise detenerla y me agredió. ¡Quiere meterse al quirófano para matar a la señorita Carrasco!
Julio se limpió el sudor y, al ver a Luna, se espantó y dio un paso atrás. Agarró a Ricardo y lo puso enfrente, como escudo.
Luna se quedó con la mano en el aire y alzó la voz llorando:
—¡Director, adentro está la señorita Carrasco! Está grave. Si le pasa algo aquí, la familia Carrasco no va a perdonar al Hospital San Juan de Dios.
—¿Entonces qué haces estorbando? —Julio frunció el ceño, molesto—. Quítate de en medio. ¿No ves que están perdiendo tiempo?
Luna se quedó pasmada.
—P-pero… director, ella no tiene permiso. Y yo llevo años en esto y jamás he oído que con unas agujas se arregle una ruptura interna con sangrado y adherencias.
—Eso solo habla de que no aprendiste bien. —Julio ni se dignó a mirarla. Giró hacia Kiara.
Y su cara seria cambió al instante.
Se apresuró hasta ponerse frente a ella e inclinó ligeramente la cabeza.
—Señorita Valdez, por favor. Pase. El quirófano ya está listo con el nivel más alto de esterilidad. También se preparó todo el equipo que usted pidió. La señorita Carrasco… se la encargo.
Kiara lo miró con fastidio.
—¿Qué, ya tiene medio cuerpo enterrado o qué? ¿Por qué se tardó tanto?

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