Ese tono de elogio, en los oídos de Ricardo, era como si le dieran cachetadas una tras otra, burlándose de él… de su ignorancia.
Aunque antes el famoso doctor Ezequiel Valdez ya había reconocido en persona que Kiara no era cualquiera, nada lo sacudía tanto como verla con sus propios ojos, una y otra vez, mostrando ese nivel de medicina.
Kiara lo miró con frialdad. Al ver la expresión casi torcida, fuera de sí, de Ricardo, se le pasó un destello de burla por los ojos.
Luego bajó la mirada y volvió a la pantalla del celular.
Ni se molestó en contestarle.
—¡Kiara! —Ricardo, acostumbrado a la calidez de antes, sintió que esa indiferencia le reventaba los nervios poco a poco.
Tenía los ojos inyectados; su reclamo salió casi histérico.
—¡Contéstame! Si tienes un nivel así, ¿por qué cuando estabas con los Zúñiga nunca lo dijiste? Si no te creía una vez, lo decías dos. Si no te creía dos, lo decías tres. Te lo guardaste y me dejaste hacer el ridículo frente a ti, presumiendo logros que no valían nada, dudando de ti… ¿y tú qué? ¿Te dio gusto?!
Ricardo siempre había vivido en su orgullo.
Y Kiara… para él, antes no era nadie; ni la pelaba, la veía como una pueblerina sin importancia.
Pero ahora, lo que él presumía como “su” medicina, Kiara lo había aplastado sin dejarle nada.
¿Cómo iba a aceptarlo?
—Doctor Zúñiga, ¿tú crees que tienes derecho de reclamarme? —Kiara alzó la mirada con una sonrisa helada. En sus ojos no había ni una sola emoción… solo burla.
A Ricardo se le encogió el pecho. Toda esa exaltación se le apagó de golpe, como si alguien le hubiera cerrado la llave.
Cuando volvió a hablar, se le escapó un tono de reclamo dolido, incluso sin darse cuenta.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste