Mientras hablaba, sacó el celular y le mostró su licencia digital.
—Lo de la otra vez… de verdad fue un accidente. Te juro que voy a respetar el reglamento, voy a manejar con cuidado, con muchísimo cuidado.
Kiara le echó un vistazo a la licencia. Sí era legal.
—Pero ahorita estás en Solarenia. Si te falta un mes, entonces en un mes. Cuando ya estés bien recuperada, y en un lugar seguro, ahí sí puedes usar Fantasma.
Los ojos de Eloísa se iluminaron. La abrazó de golpe.
—Va, va. ¡Lo que tú digas!
Mientras tanto, Eugenio ya había manejado hasta un garaje privado.
Adentro solo había luces prendidas a los lados; todo estaba oscuro, y apenas se alcanzaban a distinguir las siluetas de varios vehículos.
Kiara jaló a Eloísa para bajar.
Eugenio encendió las luces con un clic y se iluminó lo que estaba estacionado enfrente: una moto pesada, plateada con negro.
Bajo la luz, la modificación era de primer nivel. Las líneas se veían limpias, afiladas, con reflejos fríos.
Lo más llamativo era el emblema de Fantasma en la moto.
—¡Fantasma…! ¡De verdad es Fantasma!
Las motos eran la pasión de Eloísa desde niña.
Ni su enfermedad del corazón le quitaba esas ganas.
Skye, la mejor piloto de Solarenia, había sido su ídolo por años.
Y esa moto, Fantasma, la reconocía al instante.
Eloísa prácticamente se lanzó hacia ella. Con la llave apretada en la mano, le dio vueltas una y otra vez.
A ratos quería tocar la carrocería, pero se detenía a medio camino, como si le diera miedo dañarla.
Tenía los ojos rojos; la voz se le quebró.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste