Kiara arqueó una ceja. Sus ojos brillaron con una frialdad burlona y soltó una risita.
—¿Ah, sí? A ver, inténtalo.
Aun con el casco de por medio, Catalina pudo sentir con claridad… el desprecio y la burla de la otra.
Catalina apretó los dientes.
—¡Pues lo intento! ¿De verdad crees que por ser una pinche corredora, y por haberte robado una moto famosa, ya puedes venir aquí a hacerte la grande y a estafar a la gente? ¡Ni siquiera te animas a quitarte el casco! Para mí que nomás no das la cara porque te da miedo.
Miró a Patricio, que estaba tan adolorido que hasta traía la cara torcida, y habló con rabia contenida:
—¡Te hiciste pasar por el ídolo de Pachi y todavía te atreviste a golpearlo! ¡Estás mal de la cabeza!
Las pupilas de Patricio se contrajeron de golpe. Con la ayuda de Catalina apenas pudo enderezarse.
—Hacerme pasar por… —murmuró, apretando los labios, como si esa frase le pesara.
Catalina siguió, cada vez más convencida de su propia versión:
—¡Todo mundo sabe que el ídolo de Pachi es una corredora! Vino adrede con una moto pirata para plantársele enfrente, ¿no? Es obvio que lo único que quiere es llamar su atención.
Una corredora retirada desde hacía cuatro años… sus mejores años ya se habían ido. ¿Cómo iba a volver a aparecer?
Al final, todas esas corredoras sabían exactamente cómo enganchar a los hombres.
Catalina se mordió el labio, y la mirada con la que veía a Kiara se volvió todavía más hostil.
«¿Y esta muerta de hambre todavía quiere quitarme a mi hombre?»
De reojo vio que los amigos y colgados de Patricio ya habían alcanzado el lugar. Los ojos le brillaron y soltó la orden:
—¡A ver, todos! ¡Quítenle el casco! Si se atreve a hacerse pasar por el ídolo de Pachi, que no le dé miedo enseñar la cara.
Al ver el estado de Patricio, los demás se le fueron encima a Kiara y a Eloísa. Las miradas no eran nada amistosas.

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