—Que coma es buena señal.
Regino la interrumpió con voz grave y la fulminó con una mirada de advertencia.
—Mi nieta acaba de salvar a alguien. Claro que tiene que comer más para recuperar fuerzas. ¿O qué, la familia Ibarra no puede mantener a una nieta?
Vanesa también le lanzó a Pamela una mirada molesta.
—Pamela, Kiki acaba de salvar a alguien. Estuvo dos horas en quirófano. Ahorita lo que necesita es reponer energía.
—Y además… verla comerse con ganas lo que yo cociné, a mí me hace feliz de verdad.
Su cara era pura felicidad.
Pamela vio lo evidente: el abuelo y su mamá estaban de lado de Kiara. Se le endureció el gesto; por dentro ardía de coraje y se sentía agraviada.
Kiara apenas había vuelto y, de pronto, ella parecía sobrar en esa casa.
Se mordió el labio. Los celos le quitaron el hambre, y con esa bola de fuego en el pecho, habló:
—También escuché por Mohamed lo de Kiara en el hospital… no me imaginaba que fueras tan buena.
Sonrió con entusiasmo, como admirándola.
—Tan joven y ya con esa mano… La familia Zúñiga sí te quería como hija, ¿no? Te formaron muy bien. ¿Con quién aprendiste?
En cuanto mencionó a la familia Zúñiga, a Regino y a los Ibarra se les movió la cara, apenas.
Antes de traer de vuelta a Kiara, habían investigado cómo había vivido todos esos años con los Zúñiga.
A Kiara la habían mandado desde chiquita al campo, al cuidado de la abuela Zúñiga.
La familia Zúñiga nunca la formó, en realidad.
Pamela buscaba justo eso.
Una muchacha criada en el campo… ¿cómo iba a aprender medicina de verdad?
Para ella, lo de “salvar gente en el hospital” era puro teatro: Kiara, con tal de quedarse en la familia Ibarra, se había colgado del nombre de “señorita Ibarra”, había presionado a Mohamed y armó toda la escena.
Con lo listos que eran el abuelo y sus papás, seguro también se darían cuenta.
Pamela ya se estaba saboreando el momento en que la desenmascararan y le dieran en la cara.
Pero la escena que esperaba nunca llegó.
Regino se veía encantado.
—Como debe ser. ¡Es mi nieta! ¡De esas que no salen dos!
Camilo estaba inflado de orgullo.
—Como debe ser. ¡Es mi hija! ¡Trae talento de nacimiento!
Vanesa la miraba como si le brillaran los ojos.
—Mi niña… tan chiquita y ya así de buena.
Pamela se quedó helada.
¿No les parecía raro? ¿Ni tantito dudaban de que una chica del campo pudiera tener ese nivel?



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste