Dana, al ver a Tristán tan furioso, recordó la escena de hacía poco en la entrada del Club Diamante Negro, cuando él fue tan bruto con ella.
Se le subió el coraje y, de pura vergüenza, explotó:
—¿Y tú por qué gritas? ¿Con qué cara me reclamas a mí o a los hijos? Tú eres su papá. ¡Vivió aquí cuatro años y tú tampoco te diste cuenta! ¡Cuatro años sin entrar a ver ni una vez! ¿O tú sí te preocupaste por ella? ¿Ahorita vienes a hacerte el bueno o qué?
Tristán se quedó atorado. Se le puso la cara roja y no pudo decir nada por un buen rato.
Se agarró el cabello con fuerza.
Sí… ¿a quién culpar?
No era raro que Kiara los odiara, que se fuera sin dudarlo y que no quisiera volver con los Zúñiga.
Cualquiera, viviendo así y tratada como basura durante cuatro años, no podía salir sin rencor.
Se recargó en la pared, sin fuerzas. La fiebre y el dolor de cabeza lo mareaban todavía más.
De verdad quería que se le fuera la vista y desmayarse otra vez.
—Papá… ahorita… ahorita ya no sirve de nada hablar de eso —Benjamín miró ese cuarto que daba tristeza, y luego a su papá, que se veía fatal—. Con la familia Zúñiga así… y con cien millones de deuda encima, ¿qué sigue?
Tristán respiró con dificultad por un rato, hasta que se le bajó tantito la intensidad.
—¿Qué sigue? Pues… el problema lo causó alguien y alguien lo tiene que desatorar. La única esperanza es Kiara.
—Ella se junta con Eugenio Palma, Andrea Córdova, Ramón Ortega y los demás…puro heredero pesado, de los de arriba, y encima ella se mueve como si fuera la que manda.


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