Se tambaleó dos veces y se apretó la frente.
—¿Cómo… cómo pudiste meter a Kiara ahí?
Respiró hondo para calmarse y luego avanzó, casi a trompicones, hacia el rincón más oscuro del pasillo.
Los tres hermanos Zúñiga se miraron entre sí y fueron detrás.
Al fondo del pasillo, pegado al hueco bajo la escalera de caracol, estaba ese cuartito.
La puerta de madera, delgada, ya estaba deformada.
A Tristán le palpitaban las sienes. Alzó la mano y la empujó de golpe.
Le pegó un olor a humedad, moho y polvo.
Tristán tosió y agitó la mano enfrente de la cara.
Lo que vio fue un espacio estrechísimo, con una ventanita mínima por donde apenas se colaba un hilo de luz.
Una cama individual angosta, pegada a la pared, con sábanas baratas ya deslavadas.
Un tocador viejo, con la pintura saltada, y el espejo hasta cuarteado.
Un clóset sencillo, con las puertas chuecas.
Y ya.
Incluso en las esquinas de la pared se veían manchas de agua y moho.
Era tan miserable que hasta el cuarto del personal en esa casa estaba muchísimo mejor.
A Tristán se le nubló la vista de la impresión.
Con la cara dura, se sostuvo la cabeza pesada y se giró de golpe, clavándole la mirada a Dana.
—¡En ese entonces, Kiara seguía siendo la señorita de la familia Zúñiga! ¿Y tú la pusiste a vivir aquí?

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