Tristán y Dana, con cara de fastidio, bajaban bolsas y más bolsas de la cajuela.
A Kiara se le iluminaron los ojos de inmediato; hasta sintió que el dolor ya no dolía tanto.
Cojeando, arrastrando la pierna lastimada, corrió hacia esos papás que tanto extrañaba:
—¡Papá, mamá! ¡De verdad vinieron!
Su abuela le había dicho que, como estaba herida, sus papás irían a verla.
Kiara había pensado que solo la estaba consolando.
Pero era cierto.
Sin embargo, lo que la recibió no fue un abrazo cálido.
En cuanto se acercó, Dana frunció el ceño y la miró con asco: a esa niña hecha un desastre, sucia, con sangre seca y moretones. Sin pensarlo, la empujó.
Kiara ya estaba bastante lastimada. Con ese empujón, su cuerpecito cayó con fuerza sobre el lodo lleno de piedritas.
El golpe le pegó a las heridas; el dolor fue tan agudo que se le fue el color de la cara. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Y tú por qué lloras? ¡Nada más sabes hacerte la víctima! —Dana la miró con frialdad. No había ni un poco de preocupación; solo repulsión e impaciencia—. ¿A poco crees que no me doy cuenta? Seguro hiciste que tu abuela nos marcara para obligarnos a venir, ¿verdad? ¡Con lo chiquita que estás y ya sales bien colmilluda!
Mientras hablaba, la recorrió de arriba abajo con una mirada venenosa.
—Yo te veo bien. Ahí andas, hasta corriendo. ¡No tienes nada! Con lo chiquita que estás y ya mientes y manipulas… de veras naciste con mala entraña.
Kiara se quedó en blanco.

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