Tristán frunció el ceño y le lanzó una mirada dura a Dana. Luego se forzó a sonreír, queriendo calmar las cosas:
—Mamá, ya no se enoje con Dana. Ella también está preocupada por el Grupo Zúñiga, por eso anda así de acelerada.
—Yo digo que mejor usted y Kiki se vienen con nosotros a Clarosol. Aquí en el campo está lejos; si pasa algo, ni cómo ayudarles.
Doña Julia todavía no respondía cuando Dana explotó, chillando:
—¿A Clarosol? ¿A qué? ¡Con cuatro chamacos en la casa ya es un desmadre! Y en la empresa traemos mil cosas encima. ¿Quién va a estar cuidándolas a ustedes dos? ¿Todavía quiere más caos?
Señaló a Tristán, furiosa:
—¡No! ¡Ni lo sueñes!
Doña Julia abrazó con fuerza a Kiara, que temblaba en silencio. La mirada que le dedicó a Tristán se volvió triste.
Y más cuando vio que, ante el berrinche de Dana, Tristán se quedó callado, como si le doliera pero no fuera a hacer nada.
A Doña Julia se le heló el corazón.
—No se preocupen, no me voy a ir con ustedes —dijo Doña Julia, con la voz ya fría—. Yo me quedo aquí cuidando la casa que dejó su papá. Pero… me duele mi nieta. Lo único que les pido es que se comporten como sus papás, que la tengan tantito en la cabeza y que, cuando puedan, vengan a verla. ¿Saben cuántas veces se ha puesto a llorar a escondidas porque los extraña?
—¿Que nos extraña? ¡Lo que quiere es hacernos la vida imposible! —Dana reviró, encendida—. ¿Usted la ve? ¿A quién le va a caer bien? No ayuda en nada, solo estorba. ¿Sabe lo pesado que es andar partiéndose el lomo afuera todos los días?
—¡Ya basta! —Doña Julia no aguantó más y le gritó—. ¿Qué edad tiene Kiki? ¿Qué va a entender? Si no quieres a tu hija, entonces ya no vengas. ¡Haz de cuenta que nos morimos aquí, ella y yo!
—Pues no vengo, ¿y qué? ¿A poco cree que me muero por venir? —Dana escupió con desprecio—. ¿Usted cree que me gusta venir a este hoyo? A esta maldita niña de mala suerte, si usted la quiere, quédese con ella. Yo no la quiero…
—¡Cállate! —Tristán jaló a Dana del brazo con fuerza y le clavó una mirada de advertencia.

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