Doña Julia hizo un esfuerzo enorme para abrir los ojos y mirar a su nieta, hecha pedazos de tanto llorar. En su mirada había un cariño y una tristeza imposibles de esconder.
Quiso levantar la mano para acariciarle la cara, pero no tenía fuerzas.
Solo pudo forzar una sonrisa débil. Su voz salía apenas, como un hilo:
—Mi niña… ya no hay nada que hacer. Mis órganos… ya están fallando. Ni aunque el cielo quisiera… podría…
La miró con puro dolor:
—Estos años… sobreviví gracias a ti. Gracias a que me ponías las agujas, me preparabas los remedios… por eso aguanté tanto.
—Estos años fueron un regalo… pude acompañarte, verte crecer… verte hecha una muchacha tan capaz. Con eso… me basta.
Kiara apretó más su mano y se la pegó a la mejilla.
Doña Julia tomó aire como pudo y, con la yema de los dedos, le rozó la cara empapada en lágrimas:
—Kiki… lo que más me preocupa eres tú…
—Hazle caso a tu abuela. Cuando vuelvas con la familia Zúñiga, no te vayas a dejar…
—Tu mamá… me trae coraje a mí y por eso también te trae coraje a ti. No es tu culpa. Cuando yo me vaya, tal vez… te trate un poquito mejor…
Doña Julia cerró los ojos y descansó un buen rato antes de seguir:
—Prométeme que si vuelves a esa casa y te sientes mal… no te aferres a eso de “la familia”. Lo más importante es que tú estés bien, que tú seas feliz… eso es lo único que yo quiero ver…
Con dificultad, sacó de debajo de la almohada un paquete bien envuelto y se lo dio a Kiara. Sus dedos huesudos se aferraron a la mano de su nieta.
En sus ojos quedaba el último rastro de lucidez y determinación:
—Esto… es lo único que puedo dejarte. Guárdalo bien. No se lo des a tus papás. Esto es solo para ti. A nadie más…
—No importa cuánto te presionen… esto te pertenece. Con esto… aunque algún día te alejes de la familia Zúñiga… vas a poder vivir bien…

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