—Entonces cállate.
El tono fue tan tajante que a Pamela se le subió el color.
Kiara apartó la mirada. Se agachó otra vez y alzó la vista hacia Regino.
—Abuelo, ¿confía en mí?
Regino iba a responder.
Pamela apretó los dedos y se metió de nuevo:
—Kiara, tú…
—¡Ya basta!
Regino golpeó con fuerza el descansabrazos. La cara se le puso dura, con una severidad que rara vez se le veía.
—Pamela, hoy hablaste de más.
—Antes eras dócil, y como mínimo hacías feliz a tus papás. Yo te toleré en la casa, pero… Kiarita es mi nieta. Mi nieta de sangre. Y que quiera tratarme es por cariño y por respeto.
—Desde que entró, todo lo que dices suena a “preocupación”, pero en cada frase traes una espina.
—Pamela, si sigues metiendo veneno en lo que sea, me vas a obligar a pensar que lo haces a propósito contra Kiarita.
Pamela se quedó pálida, con los ojos abiertos del susto.
—N-no, abuelo, yo no… Yo de verdad solo me preocupo por usted. Perdón, me equivoqué…
Regino ya ni la volteó a ver. Cuando miró a Kiara, se le fue la dureza fingida.
—Kiarita, yo confío en ti. Si tú dices que se puede, yo te creo.
—El tratamiento va a ser largo y… —Kiara no se dejó distraer— al principio, al estimular la recuperación, le va a doler muchísimo. ¿Lo aguanta?


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