La mirada de Kiara se enfrió.
—Patricio, desde que te metiste con Catalina, tú y yo ya no tenemos nada. Si te mueres de borracho, Catalina sabrá qué hacer… o márcale directo a una funeraria.
—Y si sigues molestando, voy a pensar que el gran señor Fuentes… nomás anda mendigando atención. ¿O qué, te gusta andar rogando?
Colgó y lo bloqueó de inmediato.
—¿Neta otra vez esos Fuentes pendejos? —Eugenio casi se levantó de un brinco del coraje—. ¿Por qué chingados no se desaparecen? Antes te trató como si no existieras, te traía de su pendeja y te volvió el chiste del círculo de Clarosol… todos te decían “la número uno en arrastrarse”. Y ahora ahí anda, marque y marque. Qué pinche descaro.
Kiara no cambió la expresión.
—Sí. Qué descaro.
Eugenio se acordó de cómo ese tipo le arruinó la reputación a Kiara. Si no hubiera sido porque a ella le gustaba, ellos ya habrían ido a reventar la casa de los Fuentes desde hace rato.
Mientras más lo pensaba, más coraje le daba.
Eugenio se puso de pie de golpe.
—No. Voy a ir a 6103 a ver qué chingados quiere ese cabrón.
Total: ahora que Kiara ya no lo quiere…
Lo que él le haga a ese imbécil, a Kiara ya no le va a doler.
¿Que “última oportunidad”?
Le iba a enseñar qué era una última oportunidad de verdad.
Eugenio salió hecho la fregada rumbo al privado 6103.
—¡Eugenio! —Oliver frunció el ceño y se paró para ir tras él.
Kiara ya se había levantado.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste