—Kiki, tú ve a arreglarte. Yo voy a ver a Pamela.
Kiara asintió.
Cuando Vanesa se fue, Kiara cerró la puerta.
Sin querer, volvió a mirar la cama, de encaje rosa pálido, justo donde Joaquín había estado acostado.
Se le encogieron los dedos.
Maldito zorro.
-
Media hora después.
Pamela, envuelta en una cobija gruesa, estaba recargada sin fuerzas en el sillón de la sala. La fiebre le había puesto la cara roja de una forma nada normal, y de vez en cuando soltaba una tos contenida.
Tenía suero y la mano conectada a la venoclisis.
Los ojos se le veían rojos.
Se veía… tristísima.
Vanesa estaba sentada a un lado. La miraba con pena, pero también con una expresión difícil.
Hacía poco, Vanesa había ido a tocar a la puerta del cuarto de Pamela y nadie contestó.
Pensó que Pamela lo estaba haciendo a propósito para evitar que la mandaran a la casa de las afueras.
Así que, con paciencia, quiso platicar con ella.
Mandarla allá no significaba que fueran a abandonarla como hija adoptiva.
Solo querían que se calmara, que pensara bien las cosas y pusiera en orden la cabeza.
Cuando lo entendiera…
la traerían de vuelta.
Pero tocó un buen rato y nada.
Vanesa de inmediato mandó llamar a Mohamed para que buscara la llave.
En cuanto abrieron…

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste