—Kiarita, ven a desayunar —Regino bajó el periódico y le hizo señas.
Sonreía, pero su tono traía una advertencia muy directa para cierta persona:
—Kiarita, tú tranquila. En esta casa nadie te va a pasar por encima.
Kiara caminó hacia el comedor.
Al pasar junto al sillón, se detuvo un instante.
Alzó una ceja y miró a Pamela desde arriba, con una calma helada en los ojos.
Se le dibujó una sonrisa ladeada, cada vez más burlona.
—Fiebre de 39.2, un ruidito en el pecho… Vaya. Buena actuación, pero te salió carísima. No ganas nada y te haces pedazos sola. Qué tonta.
Pamela se hizo hacia atrás. Bajo esa mirada, sintió que no tenía dónde esconderse.
Pálida, desvió la vista y murmuró con la voz ronca:
—Y-yo no…
—Si te quieres quedar aquí, quédate —dijo Kiara, sin emoción—. Pero mientras estés “enferma”, compórtate.
Se inclinó un poco, y esa aura de autoridad y frialdad de Kiara abrumó a Pamela por completo.
La sonrisa de Kiara se profundizó.
—Claro… y si se te ocurre volver a armar un numerito, tengo cien maneras de hacer que tu enfermedad se vea todavía más “creíble”… y dure más.
Cada palabra le pegó a Pamela directo en el pecho.
Se quedó tiesa, la cara blanca del susto, viéndola con terror. Se mordió el labio y no se atrevió a decir nada.
—Mira nada más. ¿No es esta nuestra florecita más frágil? —dijo Escorpión, bajando del segundo piso con una paleta en la boca, el cabello rojo en ondas y una sonrisa de oreja a oreja.
Le dio la vuelta al sillón y la escaneó de arriba abajo.

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