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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 636

—¿Y desde cuándo tú piensas por mí? —Kiara soltó una carcajada burlona—. Si quieres llegar de una pieza con los abuelos para aferrarte a tus patrocinadores, más te vale hacerte a un lado.

El rostro de Pamela palideció. Ya no se mordía el labio con lástima, sino con un odio apenas disimulado.

Apretó los puños y, conteniendo sus ganas de explotar, decidió cerrar la boca.

Al escuchar el revuelo en la sala.

Los demás miembros de la familia Ibarra se acercaron apresuradamente.

—¿Me buscabas, Vanesa? —preguntó Kiara.

Vanesa sabía perfectamente de dónde venía. Al observar los ojos serenos de la chica, pareció notar que no había ninguna diferencia con su actitud habitual.

Pero su instinto maternal captó una capa sutil... muy tenue, pero innegable, de tristeza que la envolvía.

Debía ser por... la gente de la familia Zúñiga.

Su pequeña Kiki siempre parecía distante, como si nada le importara.

Pero, en el fondo, era alguien que valoraba profundamente los afectos.

A los Zúñiga, desde luego, los había superado.

Sin embargo, no se podían borrar de un plumazo veinte años de vínculos familiares.

Vanesa tomó a Kiara de las manos sin mencionar a los Zúñiga.

En cambio, le regaló una sonrisa rebosante de ternura.

—¿Ya preparaste todas tus cosas? Saldremos en un momento.

Kiara asintió.

—Me surgió una reunión de urgencia en la oficina y no podré acompañarlas al principio. Pero ya les avisé a los abuelos que tú también irás a visitarlos —Vanesa miró de reojo a Pamela—. ¿Qué te parece si... te vas tú por tu cuenta y Pamela por la suya? En cuanto termine mis pendientes, tomaré un vuelo y te alcanzaré.

—No es necesario. Sería un dolor de cabeza solicitar una nueva ruta de vuelo —separarse implicaba papeleos innecesarios.

Como si el lugar al que Kiara se dirigía fuera un campo minado y no la casa de sus abuelos.

Hizo una mueca de disgusto al ver cómo su abuelo le entregaba otra tarjeta de crédito exclusiva a Kiara. La envidia la estaba consumiendo.

Apretó los dedos y esperó un buen rato, pero nunca escuchó a Don Regino ofrecerle una tarjeta a ella.

Al final, sin poder contenerse más, se acercó fingiendo una sonrisa dulce e inocente.

—Abuelo, Vanesa, papá, hermano mayor, no se preocupen. Una vez que lleguemos a Aquilinia, yo me encargaré de cuidar muy bien de ella.

Los miembros de la familia Ibarra asintieron sin mucho entusiasmo y le dieron un par de instrucciones rutinarias.

Los ojos de Pamela brillaron con frialdad, soltando una risa maquiavélica en su interior.

Una vez en Aquilinia, ella jugaría de local.

¡Se moría de ganas por ver si esa pueblerina de Kiara seguiría tan arrogante y altiva frente a sus abuelos!

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