La lista era tan corta que se leía de un jalón.
¿Kiara estuvo cuatro años en la familia Zúñiga… y todo lo que comió, vistió y usó cabía en una hoja?
Si esto se hacía público, las demás familias ricas iban a pensar que los Zúñiga estaban en la ruina, como para tratar así a quien antes llamaban su hija.
Tristán miró la tarjeta.
—Averigüen cuánto saldo tiene.
El mayordomo tomó la tarjeta y la lista, y se fue a revisar.
Dana todavía quería decir algo, pero al ver la cara de Tristán, chasqueó la lengua y murmuró, molesta:
—¿De verdad te estás tragando eso? Se nota que es un numerito de esa chamaca.
—Lo único que quiere es que pensemos que la tratamos mal, para dar lástima, para que nos arrepintamos y aflojemos.
Ella no se creía ni tantito que, en cuatro años, Kiara hubiera gastado solo 500,000.
Ni un empleado de la casa gastaba tan poco en cuatro años.
Ese tipo de teatritos ya los había visto mil veces.
—
En la camioneta.
Roca, el hombre de cabello rapado, iba firme al volante. Miró por el retrovisor a la chica del asiento trasero, que descansaba con los ojos cerrados.
—Jefa, ya que por fin salió de la familia Zúñiga… ¿por qué no nos vamos directo a Sector 7?
Se le notaba la emoción.
—Los muchachos están esperando que regrese.
Kiara apenas levantó la mirada, con voz plana.
—Por ahora…
No alcanzó a terminar. La interrumpió el celular.
Bajó la vista: un número desconocido de Clarosol.
Contestó, y del otro lado se oyó la voz apurada de un hombre de mediana edad:
—Licenciada Ibarra… soy Mohamed, el asistente que don Camilo mandó por usted. Mil disculpas: camino a la casa de los Zúñiga tuve un choque y estoy en urgencias del Hospital San Juan de Dios.

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