—Tío Luis... —Pamela no podía darse por vencida. Se negaba a aceptar que trataran a Kiara como si fuera la salvadora del mundo. No pudo contenerse—. Por favor, no avergüences a Kiara. Ella creció en el campo, ni siquiera terminó la preparatoria. ¿Cómo va a saber de...
No pudo terminar la frase.
La mirada que le lanzó Luis le heló la sangre en las venas.
Estaba cargada de una advertencia letal y un asco profundo.
Una sola mirada bastó para hacerle entender que, si pronunciaba una palabra más, la empaquetaría y la deportaría a Solarenia esa misma noche.
Y si los videos de seguridad que tenían de ella llegaban a manos de la familia Ibarra...
Nadie volvería a dirigirle la palabra.
Pamela se tapó la boca con ambas manos, retrocedió hasta la pared y se quedó allí, sin atreverse a respirar.
Cuando Luis volvió a mirar a Kiara, su tono era sincero y desesperado:
—Kiki, mira... Alguien planeó un ataque sistemático contra nosotros. El departamento de tecnología ya no puede contenerlos. Si... si de verdad sabes cómo solucionarlo...
Ni él mismo entendía por qué, pero en cuanto vio a Kiara entrar por la puerta, su única neurona le gritó: ¡Pídele ayuda!
Si había sido capaz de realizar una cirugía a corazón abierto con tanta perfección, entonces... ¿y si de verdad sabía qué hacer aquí?
Recordó cómo, minutos antes, en el sanatorio, Kiara había recuperado los videos de seguridad borrados usando solo su celular, desenmascarando a Adriana en tiempo récord.
¡Tenía que intentarlo!
Luis intentó reprimir su desesperación para no abrumar a su sobrina.
—Solo inténtalo, Kiki. Si no funciona, no te preocupes, el tío Luis asumirá toda la culpa y buscará otra salida...
—¡Señor Quintana!
Uno de los mayores accionistas en la pantalla ya no aguantó más.
—¡¿Qué demonios está haciendo?! ¡Cada segundo que pasa perdemos decenas de millones! ¡¿Por qué pierde el tiempo con una chiquilla?! ¡¿Qué va a saber ella de finanzas internacionales?!
—¡Exacto, señor Quintana! ¡No es momento de jugar a la familia feliz!

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