A Pamela le zumbó la cabeza, como si una cuerda tensa acabara de reventarse en su interior.
¿Arrestaron a Lucía?
¿Cómo era posible que la hubieran arrestado?
Entonces, todo lo que ella había hecho...
¿Los Ibarra ya lo sabían con lujo de detalle?
¡No!
¡No podía ser!
Aunque Lucía estuviera en la cárcel, ella no podía confesar, por nada del mundo.
Su madre siempre la había adorado.
Mientras ella lo negara todo y derramara algunas lágrimas, ¡su mamá se ablandaría!
Vanesa no podía ser tan despiadada con ella.
Pamela, usando manos y pies, se arrastró desesperada hasta quedar frente a Vanesa y se aferró a sus piernas con todas sus fuerzas:
—¡Mamá, cometí un error, te lo juro que me equivoqué!
—¡Todo lo que pasó en Aquilinia fue un malentendido! ¡Me obligaron, te juro que me empujaron a hacerlo...!
Llorando a gritos, levantó el rostro empapado en lágrimas, agarró las manos de Vanesa y comenzó a golpearse su propia cara con ellas.
—Mamá, grítame, pégame... ¡sé que actué mal! En el viaje de regreso lo pensé una y otra vez, no sé cómo pude ser tan estúpida...
Comenzó a cachetearse a sí misma, con golpes secos:
—¡Mamá, golpéame, haz que reaccione...! Fue la depresión, me dio otra crisis. El doctor dijo que mi estado emocional era frágil. En ese momento perdí la razón, no pude controlarme y por eso... por eso hice todo eso...
—¡Mamá, mátame a golpes si quieres! ¡Mátame!
Las manos de Vanesa temblaban incontrolablemente.
Miró a la hija que había criado durante veinte largos años, viéndola ahora con el maquillaje arruinado, envuelta en esa imagen tan patética.
Durante las últimas dos décadas, la había amado como si hubiera salido de su propio vientre.
Siempre, con solo ver los ojos llorosos de Pamela o escuchar su voz quebrada, su corazón de madre se derretía y la abrazaba para consolarla.
Por eso, Pamela seguía creyendo que bastaba con hacer un berrinche y llorar un poco para que todo fuera borrado, como si nada hubiera pasado.
Le temblaba la boca, ansiosa por encontrar una nueva excusa:
—No... no es así, yo no lo hice, yo solo...
De pronto, un destello en la pared atrajo su mirada.
Volteó a ver.
Y se dio cuenta de que la pantalla gigante del salón estaba encendida.
Lo que se estaba reproduciendo, en alta definición, eran los videos de las cámaras de seguridad que Luis Quintana había enviado como evidencia.
Primero, se veía a Pamela arrinconada con Adriana Quintana, maquinando cómo empujar a Kiara a competir en la carrera de la muerte.
Se veía claramente cómo Adriana sonreía con una malicia perversa.
Y cómo ella, desde un lado, le echaba más leña al fuego.
Sin la menor intención de detenerla.
Luego, el corte mostraba el momento en que Adriana, tras fracasar en su intento de envenenamiento, la delataba frente a todos.

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