Estaba que se la llevaba el diablo.
Su hermano había vuelto a compararla con la infeliz de Pamela.
¡Otra vez le dijo que no le llegaba ni a los talones a esa cualquiera!
Si a él le gustaba Pamela, era su problema.
¿Por qué siempre tenía que usarla a ella para hacerla sentir menos?
Sin embargo, Sabrina no se atrevió a mostrar ni una pizca de toda la rabia que le hervía por dentro frente a su propio hermano.
—Tranquila —dijo Sebastián, posando su mano grande sobre la cabeza de Sabrina.
Esa suave caricia...
No tenía nada del afecto de un hermano mayor.
Solo un escalofrío que le erizó la piel a Sabrina.
De reojo y con total disimulo, Sebastián lanzó una mirada sesgada hacia donde estaba Kiara.
—Una vez que pisan el territorio de los Benítez, aquí nosotros somos los que mandamos, por muy bravos que se crean.
Los dedos que apretaban la cabeza de Sabrina se clavaron con más fuerza.
—Nuestra familia tiene métodos de sobra para enseñarles a esta gente cuál es su lugar.
Sabrina temblaba de pies a cabeza.
Pero al escuchar las palabras de Sebastián, sus ojos se llenaron de una frialdad maliciosa.
Giró la cabeza y le lanzó una mirada gélida a Kiara, llena de provocación y veneno.
Kiara ni siquiera le prestó atención a ese par de hermanos.
Buscó un asiento con pereza, se acomodó y se quedó mirando el pedazo de bocadillo que Joaquín aún tenía en la mano.
Se acercó de golpe y le dio un mordisco.
¿Dónde había quedado esa imponente aura de reina que tenía hace un momento?
—Y yo que pensaba que ya no íbamos a poder pasar desapercibidos —bostezó con pereza, y hasta sus ojos brillantes bajo la máscara se tornaron lánguidos.
Joaquín la observó con su actitud relajada. Levantó unos dedos largos y perfectos, esquivando el labial con cuidado, y le limpió las migas que le habían quedado en la comisura de los labios.
—Hace un momento, tampoco fuiste muy discreta que digamos.
Su mirada se posó en el anillo rojo sangre que ella llevaba en el dedo.
—Kiara, te veías increíble cuando me defendiste.
Kiara levantó la comisura de los labios y lo miró de reojo.
—Hoy eres mi acompañante. Si te trato como mi modelo exclusivo, ¿qué papel juego yo?

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