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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 867

—Si realmente querían honrarla —sonrió Kiara, con una voz suave pero cargada de indiferencia—, entonces no debieron sacar ese papel basura para hacer el ridículo frente a todos.

Sabrina no podía creer que todavía se atreviera a menospreciar a la doctora:

—¿Tú qué vas a saber? ¡Ese es el trabajo original de Milagros!

Kiara curvó sus labios rojos en una sonrisa burlona.

—¿Y qué si lo escribió ella? Los garabatos en un papel siguen siendo papel basura.

—Definitivamente, no entiendo la afición de ustedes por tratar a la basura como si fuera un tesoro.

Sabrina veía cómo esa actitud arrogante enfurecía a los presentes.

*¡Qué estúpida es!*, se reía en su interior.

Sin embargo, en la superficie fingió indignación, elevando la voz para hacerse escuchar.

—¡Qué insolencia! ¡Te atreves a cuestionar una y otra vez a la maestra Milagros! ¡Me gustaría saber de qué familia vienes para tener el descaro de venir a hacer un escándalo en el evento de los Benítez y ofender a la maestra Milagros de esta manera!

Y al decir eso, levantó la mano con toda la intención de arrancarle la máscara a Kiara.

Sí, exactamente.

Hasta el momento, Sabrina no había abandonado la idea de destaparle la cara.

Quería desenmascarar a esa fingida delante de todo el mundo.

Por supuesto, un movimiento tan obvio jamás iba a tener éxito.

Apenas estiró la mano.

Una copa de vino tinto voló directamente hacia ella, golpeándole el brazo.

Sabrina soltó un grito de dolor.

La copa cayó al suelo.

Y se hizo añicos.

El vino salpicó por todos lados, y unas cuantas gotas mancharon la elegante falda roja de su vestido, así como sus tacones decorados con cristales.

Sabrina cambió de color, y con los ojos inyectados en sangre, fulminó con la mirada a Joaquín —el hombre que acababa de arrojar la copa—.

—¿Te atreves a levantarme la mano?

Estaba tan furiosa que el rostro le hervía. Apretó los dientes y gritó a todo pulmón.

—¡Seguridad! ¡¿Dónde está la seguridad?!

Pero aunque gritó varias veces.

Los corpulentos guardias de seguridad, luego de echarle una rápida mirada a Kiara...

Toda la furia que la envolvía se apagó de golpe.

Su cuerpo seguía temblando.

Pero ya no era por coraje.

Era por terror.

Le aterraba ese hermano de apariencia educada y refinada.

Con el rostro pálido, bajó la cabeza, presa del pánico.

—No... no es eso, Sebastián. Es que... es que no soporto a la gente que finge saber de lo que habla y que encima cuestiona el prestigio de nuestra familia.

Intentó explicarse apresuradamente.

—El manuscrito de la maestra Milagros nos costó muchísimo conseguirlo, y esta mujer no solo lo cuestiona, sino que ofendió directamente a la maestra... Yo, yo simplemente no pude contenerme, por eso...

Sebastián le dio un par de palmadas en el hombro y soltó una risa ligera.

—Sé muy bien que lo haces por el honor de los Benítez, pero ante nuestros invitados siempre debemos mostrar modales, ¿entendido?

Sabrina bajó la cabeza rápidamente y respondió de forma sumisa.

—Entendido, hermano.

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