La expresión de Pamela se tensó por un instante, pero no tardó en recuperar su cálida sonrisa.
Naturalmente, sabía muy bien lo que había pasado con la familia Benítez la noche anterior.
Ella y Sabrina Benítez nunca se habían llevado bien de todas formas.
Pero ahora...
No se atrevía a tener ningún conflicto directo con Sabrina.
Solo sonrió con dulzura y asintió a modo de saludo hacia la señorita Benítez.
Sabrina le dirigió una mirada gélida, resopló con desdén y la ignoró por completo.
No soportaba la actitud hipócrita de Pamela.
No sabía qué tanto intentaba aparentar.
Sabrina pisó fuerte con sus tacones y, rodeada de su séquito de aduladores, se dispuso a marcharse.
Un inoportuno sonido de motor, un ruidoso «put-put-put», llegó hasta ellas.
El sonido era demasiado fuerte.
La multitud no pudo evitar que su atención fuera arrastrada hacia ese ruido.
Vieron acercarse una pequeña motoneta eléctrica negra que se tambaleaba un poco.
La motoneta no tenía nada de especial.
Pero la persona que la conducía llamaba muchísimo la atención.
Se detuvo justo al lado de los dos autos de lujo.
Llevaba puesto el uniforme de la Universidad Libre del Sur, un bolso de lona cruzado y su largo cabello caía en una coleta como una cascada, dándole un aire lleno de vitalidad.
Sus piernas, largas y estilizadas, se apoyaban despreocupadamente en el suelo.
Levantó la mirada hacia el letrero de la universidad y se quitó el casco.
Ese rostro...
Era demasiado deslumbrante.
Tenía una tez luminosa y de porcelana, con una belleza fría y radiante. Aunque no llevaba ni una gota de maquillaje, sus facciones eran tan exquisitas y llamativas que era imposible apartar la mirada de ella.
Especialmente esos ojos suyos, tan fríos y serenos.
Incluso montada en una humilde motoneta eléctrica y vistiendo el mismo uniforme que cualquier otro estudiante...
Con solo estar ahí parada...
Esa aura perezosa y distante hizo que, en un instante, Pamela y Sabrina, ambas vestidas con marcas de diseñador y maquillajes impecables, parecieran mujeres vulgares y del montón.
—¡Vaya!... ¿Quién es ella? ¡Qué hermosa es!
—¿Nuestra universidad tiene bellezas de este nivel?
—Es demasiado hermosa, ¿verdad? ¡Y qué porte tiene!
Esa mujer. Tenía exactamente la misma mirada, el mismo aire despreocupado.
Como si no le importara nadie.
Como si viera a todos como simples hormigas.
¡Esa sensación tan detestable era exactamente la misma!
Su mirada se volvió fría al instante y murmuró con desprecio.
—¡De dónde salió esta campesina igualada!
Con solo una mirada suya...
Varios de sus aduladores se apresuraron y se interpusieron frente a la motoneta eléctrica.
Un chico se rio con sorna.
—¿Y tú de dónde saliste? ¿Te atreves a entrar a la Universidad Libre del Sur montada en esta chatarra?
Kiara, sosteniendo el manubrio con una mano y con un pie en el suelo, levantó la mirada y observó a Sabrina de reojo.
Soltó una leve risa.
Esta Sabrina realmente no aprendía la lección.
Andaba saltando y buscando problemas por todas partes.
Anoche, la familia Benítez debió haberle dado una paliza bastante severa.

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