—Sabri, no te rebajes a su nivel —dijo Pamela mientras le daba unas palmaditas en el dorso de la mano a Sabrina, para luego girarse hacia el otro grupo.
Su mirada barrió a Rosana y a los demás con una lástima cargada de superioridad.
—Ya que se sienten tan seguros, nos veremos las caras en el estadio. Los hechos demostrarán que hay abismos que no se pueden cruzar solo con palabras vacías.
Seguía manteniendo esa fachada de elegancia y alta alcurnia. Su vestido corto de diseñador blanco la hacía lucir como una santa inmaculada que jamás había roto un plato.
Pero todo era una farsa, y le salía a la perfección.
Sabrina moría de ganas de soltarse del agarre de Pamela. Al ver a esa mujer que actuaba como la mascota obediente de su hermano solo para satisfacer sus lujos y caprichos, sentía un profundo asco.
De no ser por las advertencias de Sebastián, jamás habría cruzado una sola palabra con Pamela en la escuela.
¿Y ahora esta mujer se atrevía a detenerla?
Pero...
Al ver a Kiara de pie a unos metros de distancia, apretó los dientes y dejó que Pamela la arrastrara.
En el fondo, sabía que esta era su única oportunidad para salir de ahí sin perder más la dignidad.
—¡Exacto! —escupió Sabrina con una sonrisa retorcida—. ¡Si de verdad son tan buenos, gánennos en la competencia! ¡Me muero por ver de qué son capaces una bola de muertos de hambre!
—Por supuesto que ganaremos.
Santiago dio un paso al frente.
Se colocó junto a Rosana, hombro con hombro. Levantó la mano y se acomodó sus gruesos lentes, pero ya no quedaba ni rastro del chico tímido de antes.
Detrás de esos cristales, sus ojos clavaron una mirada feroz en quienes alguna vez consideró sus amos.
—Les vamos a demostrar lo que es tener talento de verdad. Nos vemos en el estadio.
Mariana y Jaime apretaron los puños y se apresuraron a colocarse junto a ellos.
Al verlos, el rostro de Sabrina se desfiguró por la rabia.
—¡U-Ustedes... me las van a pagar!
Santiago fue más rápido y la sostuvo de inmediato.
—Rosana, ¿estás bien?
—Sí —respondió ella, frotándose la nuca con torpeza. Tenía las mejillas sonrojadas de la vergüenza—. Es solo que... pensar en lo que acabo de hacer me aterra, pero luego recuerdo que tenemos a nuestra capitana y siento que no hay nada que temer.
Esbozó una sonrisa radiante y sincera.
—Además, ¡se sintió increíble gritarles todo eso!
Santiago le levantó el pulgar en señal de aprobación.
—¡Estuviste increíble, Rosana! ¡Eres una guerrera!
Mariana y Jaime también estaban extasiados. Rodearon a Rosana con los ojos llorosos por la emoción.
—Gracias, amiga —dijo Mariana con la voz quebrada—. Si no hubieras intervenido... no sé qué habría sido de nosotros.
—¡No digan eso! Somos un equipo, ¿no? Tenemos que cuidarnos la espalda —Rosana agitó las manos restándole importancia—. Toda esta fuerza me la dio la capitana. Ya que decidimos seguirla, ¡no podemos hacerla quedar mal! ¡A partir de hoy, no vamos a permitir que nadie nos pisotee ni nos insulte jamás!

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