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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 972

—¡Así se habla! —exclamó Santiago, apretando los puños con fuerza—. ¿Quién dice que somos unos inútiles? ¡Vamos a arrasar en este torneo!

Los cuatro giraron la cabeza al unísono hacia Kiara.

Ella estaba de pie, con una mano relajada en el bolsillo, observándolos con una media sonrisa mientras se daban ánimos.

La luz del sol la bañaba por completo, dándole un resplandor dorado que la hacía lucir como un ángel intocable.

—¡Capitana!

El grupo corrió hacia ella, con los ojos brillando de devoción, como si hubieran encontrado por fin a su líder definitiva.

—Nada mal.

Kiara soltó una risa suave, con su tono relajado y casual.

—Grábense esta sensación. Cuando estemos en la competencia, si alguien se atreve a cruzarse en su camino, quiero que le respondan exactamente así. Y no solo responder, quiero que les aplasten el orgullo hasta que no les quede nada.

—¡Sí, capitana! —respondieron al unísono.

Esa sed de victoria, ese deseo ardiente de demostrar lo que valían y de pisotear todas esas reglas podridas que los habían oprimido, acababa de encenderse por completo en sus corazones.

Kiara observó el fuego en sus ojos y la sonrisa en sus labios se hizo más profunda.

Bien.

Por fin estaban mostrando carácter.

...

Mansión Benítez.

Un estruendo resonó en la sala.

Sabrina Benítez arrojó su bolso de diseñador edición limitada contra el suelo con furia.

—¡Me va a dar un infarto del coraje!

Sabrina bajó la voz, sintiendo un escalofrío.

—Sebas, esa cualquiera de Kiara... es demasiado rara. ¿Qué pasa si... qué pasa si de verdad logra que esos perros nos ganen en la competencia?

De repente, un sonido seco cortó el aire.

El vaso de cristal que Sebastián sostenía se estrelló violentamente contra el suelo, justo a los pies de Sabrina.

Los fragmentos saltaron en todas direcciones.

Sabrina dio un brinco de terror, sintiendo cómo las palabras se le atoraban en la garganta.

Al segundo siguiente, Sebastián ya se había levantado. Se acercó a ella en un abrir y cerrar de ojos y, con una mano, le agarró el cuello con una fuerza brutal.

—S-Sebas... suéltame...

Sabrina sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones de golpe. La asfixia era tan intensa que sus ojos comenzaron a ponerse en blanco mientras agitaba los brazos, golpeando desesperadamente la mano de su hermano.

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