—¿Dices que van a ganar?
La mirada de Sebastián era un abismo de locura. Apretó aún más el cuello de su hermana, acercando su rostro al de ella hasta casi rozarla, y susurró con una voz helada:
—¿Tienes la más mínima idea de cuánto dinero ha invertido la familia Benítez en este torneo?
—Este Desafío Élite es nuestra llave para abrir el mercado internacional. Es la única forma de conseguir socios de peso y catapultar nuestra empresa a otro nivel. Los peces gordos de la industria nos estarán observando.
—Si damos buenos resultados, los fondos se duplicarán, daremos el salto definitivo y aplastaremos a la familia Ibarra para convertirnos en los más ricos del país.
—Pero si perdemos...
Soltó una carcajada siniestra y hundió más los dedos en la piel de Sabrina.
—¿Sabes lo que pasará si fracasamos en este desafío?
—No solo se hundirá la familia. Tú también te vas a morir. ¿Te queda claro?
El dolor y la falta de oxígeno estaban matando a Sabrina. Ya ni siquiera tenía fuerzas para golpear a su hermano. Solo podía mirarlo con los ojos desorbitados, invadida por un terror absoluto.
Justo cuando pensó que su propio hermano la iba a asesinar en esa sala, Sebastián la soltó.
Sabrina cayó al suelo como un trapo viejo, aspirando grandes bocanadas de aire mientras se aferraba el cuello y tosía de forma violenta.
Las lágrimas le escurrían por el rostro, dándole un aspecto verdaderamente patético.
—Mi dulce hermanita.
Sebastián se plantó frente a ella, mirándola desde arriba con absoluto desprecio.
Levantó un pie y lo apoyó directamente sobre el cuerpo de Sabrina, presionándola contra el suelo.
—En este torneo solo podemos ganar. El fracaso no es una opción.
—De lo contrario, te enviaré yo mismo al Laboratorio Ocaso Negro para que te usen como rata de laboratorio. Después de todo... tienes un tipo de sangre muy peculiar, hermanita.
El dolor y el pánico hicieron que Sabrina se encogiera. Las pupilas se le dilataron al máximo y el terror fue tal que estuvo a punto de perder el control de su vejiga.
Ella lo sabía.
¡Sabía que su hermano era un psicópata y que no estaba bromeando!
¡Él de verdad la enviaría a ese infierno!
Se quedó acurrucada en el piso, temblando de pies a cabeza, sin atreverse siquiera a respirar muy fuerte.
—Y en cuanto a Kiara Ibarra...
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