Esther comenzó a revisar el informe financiero con estudiada lentitud, cada movimiento cuidadosamente calculado para aumentar la tensión.
Sus dedos se deslizaban por las páginas con deliberada parsimonia, pasando de la primera a la última como si cada número requiriera profunda consideración.
Frente a ella, Francisco se desmoronaba bajo el peso de su propia culpa. Sus piernas temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie.
La perspectiva de pasar el resto de su vida tras las rejas por malversar millones lo estaba destrozando por dentro.
De repente, el sonido seco del informe golpeando la mesa —¡clac!— hizo que Francisco casi se desplomara.
—¿Pero qué es esto? —Esther frunció el ceño con fingida confusión—. ¿Quién puede entender algo con tantos números?
La perplejidad se dibujó en el rostro de Francisco. ¿Era posible que Esther no comprendiera el informe?
Ruth, observando desde cerca, también frunció el ceño. La decepción se reflejaba claramente en su mirada.
¿Cómo era posible que la hija del presidente Montoya no pudiera interpretar un simple informe financiero?
—Señorita —Francisco se acercó con renovada confianza, secándose el sudor de la frente—, si quiere saber cómo va la empresa, yo puedo explicárselo. Así se ahorra tener que venir hasta aquí.
—Tienes razón, pero igual necesito firmar estos documentos —Esther se volvió hacia Ruth—. Ferrer, ayúdame a identificar cuáles requieren mi firma y cuáles no. También quiero aprender sobre la gestión de la empresa.
—Sí, señorita —respondió Ruth con voz grave, sin poder ocultar su desilusión.
Francisco permanecía inmóvil, como si sus pies se hubieran adherido al suelo.
—Francisco, ¿qué sigues haciendo aquí? —preguntó Esther con tono despreocupado—. Ya no te necesito para nada.
El alivio inundó el rostro de Francisco al ver que Esther parecía tan desinteresada en los asuntos empresariales.

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