—Samu, felicidades. Con la adquisición de Bahía Dorada, el Grupo De la Garza esta vez sacará una buena tajada —comentó Anastasia con entusiasmo, sin percatarse de cómo el semblante de Samuel se tornaba cada vez más sombrío.
Frente a ellos, Esther exhibía una sonrisa triunfal mientras brindaba con champán junto a Gabriel.
La escena resultaba particularmente irritante a los ojos de Samuel.
—Presidente De la Garza, ¿qué vamos a hacer ahora? —susurró Bianca, desconcertada.
No esperaba que Gabriel se retirara de la puja. Apenas hace unos días parecía decidido a conseguir ese terreno a cualquier precio.
¿Qué lo había hecho cambiar de opinión tan repentinamente?
—¿Qué vamos a hacer? —replicó Samuel con amargura—. Este golpe lo asume el Grupo De la Garza.
Se incorporó con expresión sombría, sin rastro de su habitual sonrisa confiada. Algo no cuadraba en todo esto.
¡Tenía que ser obra de esa mujer, Esther!
—¡Samu! —Anastasia intentó seguirlo y en un impulso lo agarró del brazo.
Samuel se soltó bruscamente.
—Tú vete a casa —le ordenó con frialdad.
Anastasia se quedó paralizada. Cuando reaccionó, Samuel ya había desaparecido.
Jamás... jamás la había dejado atrás de esa manera.
Fuera del salón, Samuel ordenó con el rostro tenso:
—¡Traigan a esa mujer Olimpia aquí!
—Sí, presidente De la Garza.
Una hora después, en la oficina del Grupo De la Garza, dos guardaespaldas empujaron a Olimpia al interior. Al ver la expresión de Samuel, palideció.

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