[La señorita Solano no solo es hermosa, sino también muy capaz, ¡solo que es discreta y no le gusta presumir! Está a la altura del señor Ayala.]
[Sí, yo también lo he oído. Después de todo, alguien que ha recibido la medalla de la familia Ramsey no puede ser una persona cualquiera.]
[…]
En el hospital.
Beatriz, postrada en su cama, vio en la televisión las imágenes de la propuesta de matrimonio y se derrumbó.
¿Por qué?
¿Por qué Úrsula se convertía en la futura matriarca de los Ayala, mientras ella tenía que pasar el resto de su vida en una cama sin dignidad alguna?
Y para colmo, ¡Israel, por Úrsula, incluso dijo que estaba dispuesto a entrar a su familia!
¡Beatriz no podía entender por qué!
¿Acaso ella, una dama de alta sociedad, pura y decente, no valía más que una mujer divorciada y de segunda mano?
¿¡Qué clase de embrujo le había hecho Úrsula a Israel!?
Beatriz abrió la boca, intentando decir algo con un «ah, ah, ah», pero no logró articular ni una sola palabra.
Desde que se desmayó la última vez, Beatriz había desarrollado afasia.
Ahora, no solo no podía mover sus extremidades, sino que tampoco podía hablar.
En ese momento, una cuidadora entró, revisó el pañal de Beatriz y dijo con asco:
—¿Otra vez te hiciste? ¡Pero si acabas de hacer!
Otra cuidadora entró y, tirando de su compañera, le dijo:
—Vámonos, vámonos a comer. Total, no puede hablar ni moverse. ¡Nadie se dará cuenta si no le cambias el pañal!
Beatriz solo pudo ver con impotencia cómo la cuidadora era arrastrada por su colega.
Se arrepentía.
Realmente se arrepentía.
Si desde el principio no se hubiera tragado su orgullo y hubiera contratado a un sicario para matar a Úrsula, ¡quizás la que estaría recibiendo una propuesta de matrimonio hoy sería ella!
Pero ahora…
¿De qué servía arrepentirse?
***
La familia Ayala.
Montserrat estaba en el patio practicando una rutina de baile.
¡Pum!
Había llegado a pensar que Israel se quedaría solo para siempre.
Porque era muy diferente a los demás chicos.
Mientras los otros adolescentes empezaban a tener novias en la pubertad, ¿él qué hacía?
Su pubertad la pasó programando…
Y más tarde, incluso dijo que no se casaría.
—¡¡¡Ah, ah, ah, ah!!! —Al oír eso, la mente de Montserrat se quedó en blanco por la emoción. Perdió el equilibrio y casi se desmaya, pero por suerte Julia la sostuvo a tiempo.
Julia sonrió.
—Mamá, ¡pero si tú eres una mujer de mundo! ¿Cómo es que una mujer de mundo reacciona peor que yo, que no he visto nada?
Montserrat se pellizcó el punto de presión entre la nariz y el labio superior mientras decía:
—Julia, ¿no… no me estarás tomando el pelo? ¿De verdad Dulcecito se comprometió?
—¡De verdad! —asintió Julia.
—¡Bien! ¡Qué maravilla! —Montserrat sonrió tanto que las arrugas se le amontonaron en la cara—. ¡Esto es un milagro de nuestros antepasados! ¡Quién diría que ese muchacho lo lograría! ¡Esta tarde mismo voy a la iglesia a darle gracias a la Virgen María, voy a mandar a que le pongan una capa de oro a su estatua!
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...