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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 1083

Ella sería la señorita heredera, la sucesora de Fortaleza Global.

Y además, ¡la única sucesora!

Alejandra se arregló la ropa y entró cojeando al edificio.

Justo al entrar, un guardia de seguridad la detuvo.

—Señorita, ¿a quién busca?

—¡Busco a mi papá! —dijo Alejandra, levantando la barbilla con arrogancia.

El guardia la miró confundido.

—Disculpe, ¿quién es su padre? ¿Trabaja aquí en Fortaleza Global?

—¡Mi papá se llama Enrique!

¿Enrique?

Al oír eso, los ojos del guardia se abrieron de par en par por la sorpresa.

No era para menos.

Enrique era el fundador del grupo.

En ese momento, la recepcionista se acercó corriendo.

—Señorita, ¿cuál es su apellido? Busca al señor Garza, ¿tiene cita?

Alejandra la miró con fastidio.

—Mi papá se llama Enrique, ¿qué apellido crees que tengo? Además, ¿necesito una cita para ver a mi propio padre? ¡Qué falta de criterio! ¡No sé cómo mi papá deja que gente como ustedes trabaje aquí!

¡Y tampoco entendía cómo alguien como Enrique había logrado levantar una empresa tan grande!

Pero que se esperaran.

Cuando ella tomara las riendas de Fortaleza Global, la haría aún más grande y fuerte.

Confiar en Enrique no era suficiente.

La recepcionista, con expresión de apuro, dijo:

—Lo siento, sin una cita no puede ver al señor Garza. Además, el señor Garza no se encuentra en la empresa en este momento.

—¿No está en la empresa? ¿Y dónde está mi papá? —Alejandra frunció el ceño y miró a la recepcionista—. ¡Consígueme un carro para que me lleven a donde está él ahora mismo!

La recepcionista la miró de arriba abajo.

—Disculpe, señorita, no tengo la autoridad para asignarle un vehículo. Si usted dice ser la hija del señor Garza, puede contactarlo para que su secretario se comunique con la recepción.

Llevaba más de dos años en la empresa y nunca había oído que Enrique tuviera una hija tan grande.

¿Quién sabía si no era una impostora?

—¡Si pudiera contactar a mi papá, no estaría aquí perdiendo el tiempo contigo! —Alejandra estaba furiosa—. Les doy una última oportunidad: consíganme un carro ahora mismo. Si no, cuando encuentre a mi papá, ¡haré que los despida a todos!

Quince minutos después, Alejandra llegó cojeando al piso 31.

Parada frente a la puerta del departamento 3101, tocó el timbre con emoción.

*Ding-dong, ding-dong…*

Pronto, la puerta se abrió.

Quien abrió no era otro que Enrique.

Al ver a Alejandra, Enrique se quedó perplejo.

Alejandra dijo emocionada:

—¡Papá!

—¿Qué haces aquí? —En los ojos de Enrique no había la sorpresa que Alejandra esperaba.

Alejandra pensó que seguramente Enrique estaba tan feliz de verla que se había quedado sin palabras. A su edad, ¿quién no anhelaría la compañía de una hija?

—Papá, vine a buscarlo especialmente. ¡De ahora en adelante, lo cuidaré muy bien!

En ese momento, una mujer de mediana edad con un bebé en brazos se acercó y, mirando a Alejandra, preguntó con curiosidad:

—Enrique, ¿quién es?

***

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