Eva lo tocó y dijo con curiosidad:
—Mira, tú también tienes un lunar aquí.
Enrique sonrió.
—¿En quién más lo has visto?
—En Davis —respondió Eva—. ¡Davis tiene uno igualito! En el mismo lugar y de la misma forma.
—Eso es normal, somos padre e hijo, lo raro sería que no lo tuviera —dijo Enrique.
Eva entrecerró los ojos, pensativa.
A la mañana siguiente.
Eva preparó un desayuno muy completo con sus propias manos.
—Ale, hoy cumples treinta días viviendo con nosotros. Si en el futuro hago algo que no te parezca, te pido que me tengas paciencia.
—Señora Eva, yo soy joven e inexperta, usted es la que debe tenerme paciencia a mí —dijo Alejandra poniéndose de pie y forzando una sonrisa.
—Miren qué linda y educada es Ale —dijo Eva colocándose detrás de Alejandra y poniendo las manos sobre sus hombros.
El cabello de Alejandra ya había crecido un poco, le cubría los hombros.
Con naturalidad, Eva le acomodó el cabello a Alejandra y dijo sonriendo:
—Cada vez hace más calor, Ale. Cuando tenga tiempo te llevo a que te corten el pelo.
Al decir esto, la mirada de Eva se posó en la nuca de Alejandra.
La piel de la nuca de Alejandra estaba completamente lisa, no había ningún lunar.
Dicen que los hijos se parecen a los padres, pero en este tiempo observando, Eva notó que Alejandra y Enrique no tenían nada en común, ni siquiera en el carácter.
Y lo más importante, Eva sabía la historia de Enrique y Luna Solano.
Enrique y Luna se casaron porque ella salió embarazada.
Una loca como Luna Solano, ¿de qué no sería capaz?
Así que...
Ahora sospechaba.
¡Dudaba si Alejandra era realmente hija de Enrique!
Alejandra no soportaba la hipocresía de Eva y dijo con una sonrisa falsa:
—No se moleste, yo iré a cortármelo cuando tenga tiempo.
—Ay, esta niña, ¡sigue siendo tan formal conmigo! Pero no importa, el cariño se construye poco a poco, estoy segura de que algún día me verás como a una madre —dijo Eva sacando una tarjeta—. Ale, aquí hay algo de dinero, es un detalle mío. De ahora en adelante, te depositaré tu mesada en esta tarjeta.
Úrsula apenas salía del baño cuando se asustó al ver a Marcela y Valentina haciendo guardia a los lados.
—Abuela, mamá, ¿qué hacen aquí paradas?
Marcela miró a Úrsula y dijo:
—Ami, los primeros tres meses son los más delicados. ¡Si te llegas a golpear en el baño, tu mamá y yo estamos aquí para ayudar!
Valentina asintió.
—Ami, tu abuela tiene razón, no puedes confiarte ahora.
Úrsula se rio.
—¡De verdad no soy tan frágil como creen! Es solo un embarazo, no tienen que ponerse tan nerviosas.
—El embarazo no es cualquier cosa —dijo Marcela tomándola del brazo y tocándole la pancita con ternura—. ¡Y tú traes tres bebés! Bebés, pórtense bien, su bisabuela los está esperando.
Tras tres horas de vuelo, el avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Río Merinda.
Eloísa ya estaba esperando en el aeropuerto. Al ver a Úrsula entre la multitud, agitó la mano emocionada.
—¡Ami, aquí está tu abuela!
Era la primera vez que veían a Eloísa desde que Úrsula se embarazó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...