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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 398

—Mamá, en esa foto solo se ve una silueta, ni siquiera se distingue el rostro. ¿Por qué está tan segura de que esa persona es Ami? ¿Acaso para usted Ale es tan fácil de derrotar? —Luna se detuvo un segundo y luego añadió—: Además, faltan solo tres días para el cumpleaños de Ale. Ya mandé la mitad de las invitaciones. Si insiste en que cancele la fiesta, tengo que decirle algo: ¡no va a pasar!

—Por favor, deje de intentar convencerme.

—Porque, pase lo que pase, estoy lista para afrontarlo.

Al terminar de hablar, el brillo de determinación en los ojos de Luna era imposible de ignorar.

Marcela soltó un suspiro, levantó la cabeza para mirar a Luna y preguntó:

—¿Estás segura, Luna?

—Sí, lo tengo más que claro.

—Bueno —asintió Marcela—, si ya tomaste una decisión, entonces ya no hay nada más que yo pueda decir. Pero escúchame bien, Luna: sin importar las consecuencias, tú y tu hija van a tener que hacerse responsables. ¡No quiero verte llorando después!

¿Llorar?

A Luna esa idea le resultó casi divertida.

¿Ella, llorar? Ni de chiste.

Si alguien iba a llorar, era Úrsula.

¿Quería su mamá asustarla con amenazas? Pues eso no iba a funcionar.

Luna miró de frente a Marcela.

—Mamá, tranquila, no tiene que preocuparse. No va a verme llorar frente a usted.

Marcela, al ver que no podía convencerla, ya no dijo nada más y se fue dando media vuelta.

Luna la observó marcharse, entrecerrando los ojos.

Ya verás, pensó.

Muy pronto, Marcela se dará cuenta de lo equivocada que está.

Cada vez le emocionaba más la llegada de la fiesta de cumpleaños.

...

Después de despedir a su madre, Luna se dirigió al cuarto de Alejandra.

Al llegar, la encontró en pleno ajetreo, probándose vestidos. El vestidor y la recámara estaban conectados, así que Luna cruzó la puerta sin problema.

Al verla reflejada en el espejo, Alejandra le sonrió, levantando dos vestidos.

—Mamá, ¿crees que me veo mejor con el vestido rojo o con el morado?

Luna avanzó unos pasos, le acomodó los hombros con cariño y dijo:

—Mi hija es tan guapa que todo le queda bien.

Hizo una pausa, pensativa, y luego agregó:

—¿Necesita algo más, señor Ayala? Si no, me retiro.

—Puedes irte —replicó Israel con su tono habitual, tan duro como siempre.

Allen se inclinó levemente y salió, cerrando la puerta detrás de él.

—¡Clac!—

Solo entonces Israel tomó la carpeta del escritorio y la abrió.

Lo primero que vio fue un nombre resaltado: Marcelo.

Hombre, 26 años.

La información mostraba claramente que la familia Aragón tenía una relación cercana con la familia Solano desde generaciones atrás, y que Estefanía y Marcela, de jóvenes, habían sido muy buenas amigas.

Pero eso no era lo más impactante.

Entre los datos aparecía una nota: Marcelo y Úrsula tenían un compromiso de palabra desde niños.

¿Un compromiso de palabra?

Así que sí era cierto, existía ese tipo de acuerdo.

Esteban no estaba inventando nada.

Al leer esa línea, los ojos de Israel se abrieron de par en par, su sorpresa a punto de desbordarse.

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