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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 472

—El dinero —dijo Úrsula sin rodeos.

Carina, aún soportando el dolor, replicó:

—Me tienes sujetada la mano, ¿cómo quieres que pague?

Úrsula arqueó una ceja.

—¿No te queda una mano libre?

Carina respiró hondo. No le quedaba más remedio que aguantar el dolor y sacar el celular de su bolso con una sola mano. Estaba bien. A veces hay que ceder para ganar después. ¡Pero ya verían! En cuanto se casara con Santino, se las haría pagar a esta mocosa.

Úrsula miró a Dominika.

—Domi, dale tu código para que te pague.

—¡Claro! —asintió Dominika, mostrando de inmediato el código QR en su celular.

¡Ding!

Transferencia recibida por trece mil pesos.

Al escuchar la notificación, Úrsula finalmente soltó a las dos mujeres. Carina sintió un alivio inmenso. Gloria, olvidando su propio dolor, corrió a su lado.

—Cari, ¿estás bien?

La expresión de Carina era sombría.

—Estoy bien —dijo entre dientes.

Desde que estaba con Santino, todos la habían tratado con guantes de seda. Era la primera vez que sufría una humillación así.

Gloria, sosteniendo el brazo de Carina, miró con furia a Úrsula y Dominika.

—Dominika, por haber ofendido a Cari, están acabadas. ¡Ya verán! ¡En menos de seis meses, tanto tu familia como tu amiga desaparecerán de este mundo!

Con el poder de los Gómez, hacer desaparecer a dos personas era un juego de niños.

Pero ni Úrsula ni Dominika parecieron captar la gravedad del asunto.

Dominika miró a Gloria y se rio.

—Gloria, mejor preocúpate por ti misma. La que está a punto de hundirse es tu familia, los Millán. El Grupo Millán se está cayendo a pedazos. Si no, ¿por qué estarías aquí, haciéndole la corte a Carina? Solo si la mantienes contenta tienes alguna posibilidad de recuperarte.

Las palabras de Dominika fueron como puñales. La cara de Gloria se transformó en una máscara de indignación.

Sin añadir nada más, Dominika tomó del brazo a Úrsula.

—Úrsula, vámonos. No perdamos el tiempo con este par de locas.

Tenía la ropa empapada de café y necesitaba cambiarse de inmediato.

Mientras se alejaban, el rostro de Gloria palideció de ira.

—¡Dominika, te lo advierto, el novio de Cari es de la familia Gómez...!

—¿Entonces para quién es? —insistió Gloria. Si no recordaba mal, el propósito de su visita al centro comercial era encontrar un regalo para Eloísa.

—Es para la princesita que los Gómez acaban de encontrar —explicó Carina.

Amelia Solano, la única nieta de la familia Gómez. Arriba, tenía a su abuela Eloísa que la adoraba. Abajo, ocho tíos y sus esposas que la trataban como a la joya más preciada; apenas nacida le habían regalado un avión privado, y al ser encontrada, un yate de lujo valorado en nueve cifras. Y en medio, trece primos que la consentían sin medida. Era más que una princesa.

Santino le había hablado de Amelia en varias ocasiones, diciéndole que cualquier novia que tuviera debía recibir primero la aprobación de su hermana. Incluso había oído que Eloísa escuchaba más a su nieta que a sus propios hijos. Para la anciana, la palabra de Amelia era ley.

Así que, en su visita a la casa de los Gómez, además de ganarse a Eloísa, su principal objetivo era establecer una buena relación con Amelia. Si lo lograba, tendría un pie dentro de la familia.

—Ah, para la señorita Solano —asintió Gloria—. Cari, ¿ya tienes algún modelo en mente?

Amelia no era una heredera cualquiera. Un bolso común y corriente probablemente no la impresionaría.

—Ya pagué el anticipo —dijo Carina—. Es una edición limitada de una marca exclusiva. Solo espero que a la princesita le guste. Santino me dijo que es muy diferente a las demás chicas. —Una sombra de preocupación cruzó su mirada.

Gloria la tomó del brazo y le sonrió para tranquilizarla.

—Cari, eres tan guapa y tan buena persona, seguro que la princesita te adorará como su futura cuñada. Además, leí en las noticias que la señorita Solano también creció en San Albero. Cuando sepa que su futura cuñada también es de aquí, se pondrá muy contenta. La gente del mismo lugar siempre crea un lazo especial.

La preocupación de Carina se disipó con las palabras de Gloria. Tenía razón. Siendo ambas de San Albero, seguro tendrían mucho de qué platicar y congeniarían al instante.

Una sonrisa volvió a iluminar su rostro.

—Vamos al quinto piso a ver el bolso. Después, quiero mirar algunas joyas. Tengo que prepararle varios regalos a la princesita.

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