—¡Por eso te digo que esta es la última vez! ¡Créeme!
—¡De verdad no tengo dinero! —insistió Luna, con los ojos entrecerrados—. Ponte a pensar, ¿cuánto dinero te he dado todos estos años?
Era tanto que ya había perdido la cuenta. La cantidad más pequeña había sido de quinientos mil pesos; la más grande, de cincuenta millones.
—¿En serio no tienes? —preguntó Jana.
—No —asintió Luna con firmeza—. No tengo.
—Bueno, si no tienes, pues ni modo. —Jana abrió de golpe la puerta del copiloto—. Como no tienes para darme, ¡mejor voy a buscar a Marcela!
Hizo el amago de bajarse del carro.
—¡Estás loca! —Luna se abalanzó sobre ella, sujetando la puerta con fuerza—. ¿Qué demonios pretendes? ¿No puedes dejarme en paz? ¡Te lo ruego, por favor, déjame en paz!
Al final, Luna rompió a llorar. Estaba harta. Realmente harta. No quería seguir viviendo así. Cada vez que veía a Jana, las pesadillas la atormentaban por la noche.
Al verla así, Jana puso los ojos en blanco, fastidiada.
—Mi querida señorita Solano, a ver si te aclaras. Soy yo la que depende de ti para sobrevivir. ¡La que debería rogar que la dejen en paz soy yo! No te estoy pidiendo mucho, ¡solo son treinta millones! ¡Solo quiero vivir como una persona normal en este mundo! ¡Cada vez que te pido dinero, me arrastro como un perro, y ni así lloro! ¿Tú de qué lloras?
Para Jana, treinta millones no eran nada para alguien como Luna. No le estaba pidiendo la vida.
—Por cierto —dijo Jana, cambiando de tema—, me pareció ver a tu sobrina en el aeropuerto el otro día.
Al oír eso, el rostro de Luna se descompuso.
—¡¿Qué dijiste?!
Solo tenía una sobrina: ¡Úrsula Méndez!
Esa loca. ¡Jana estaba completamente loca! ¡Cómo se atrevía a acercarse a Úrsula!
Jana entrecerró los ojos.
—Y déjame decirte que tu sobrina se parece muchísimo a tu cuñada. Esa carita parece dibujada. Con razón dicen que es descendiente de la mujer más bella de Río Merinda.
En realidad, Jana reconoció al bebé que había visto en pañales en cuanto vio a Úrsula. No había duda. Se parecía demasiado a Valentina Gómez. Y no solo a ella, también a Álvaro Solano. Era una belleza de rasgos marcados e intensos.
Luna perdió por completo la compostura y la agarró por el cuello de la camisa.
—¡Veo que de verdad perdiste la cabeza! ¡Hasta te atreviste a ver a esa maldita mocosa! ¿No te das cuenta de que si descubre algo, estaremos acabadas las dos?
—¿Le dices «maldita mocosa» a tu propia sobrina? —Aunque Luna estaba muerta de miedo, Jana no mostraba ni una pizca de temor. La miró con total desprecio—. Vaya, vaya, ¡qué buena tía eres! Aunque, pensándolo bien, de alguien como tú se puede esperar cualquier cosa.
—Tranquila —continuó Jana—. Aunque la reconocí al instante como una Solano, ella no se dio cuenta de quién era yo.
—¿Estás segura de que no te reconoció? —preguntó Luna.
—Segurísima —afirmó Jana, mientras sacaba otro cigarro y lo encendía—. No es más que una chiquilla ingenua, ¡no una detective! ¿Qué podría descubrir?
Y aunque lo fuera, no se iba a poner a investigar a cada extraño con el que se cruzaba. Nadie sospecharía nada. Al fin y al cabo, uno se encuentra con cientos de personas a diario.
Luna respiró aliviada al oírlo. Tenía razón. Úrsula era solo una muchacha, ¿qué podría notar de raro?
Jana exhaló una bocanada de humo.
—Bueno, después de tanto rollo, ¿me vas a dar el dinero o no? Si no me lo das, no podré seguir viviendo. Y si yo no puedo vivir, ¡iré a buscar a Marcela!
Luna se sentía increíblemente frustrada. Parecía que Jana solo sabía amenazarla con lo mismo una y otra vez. Pero, por desgracia, esa era precisamente la amenaza que más temía.
Úrsula frunció el ceño al leer el mensaje. Enseguida, llegó otro: la información del vuelo de Jana. Indicaba que había aterrizado en Villa Regia a la una de la tarde.
Poco después, entró una videollamada de M. Úrsula aceptó.
En la pantalla del celular apareció un joven con una camiseta blanca. Tendría unos veintisiete u veintiocho años, con rasgos bien definidos y un aire de distinción. Era el tipo de hombre que haría que las adolescentes se detuvieran a suspirar en la calle.
Era M. Mateo Ibáñez.
Apenas se conectó la llamada, Mateo soltó sin preámbulos:
—Úrsula, te lo digo en serio, la primera persona que Jana vio al llegar a Villa Regia fue a Luna. Si entre esas dos no hay algo turbio, ¡juro que me como mis zapatos!
Úrsula se puso los audífonos sin apuro. Con la mano derecha manejaba el ratón mientras la izquierda volaba sobre el teclado.
—¿Puedes conseguir los movimientos bancarios de Jana ahora mismo? —preguntó.
Lo primero que hizo Jana al llegar fue ver a Luna. Seguramente hubo una transacción entre ellas. Jana era hermana de Leticia, y la intuición le decía a Úrsula que entre Jana y Luna había un secreto oscuro. Leticia tenía que estar relacionada con lo que pasó años atrás, y Jana no podía ser ajena a ello.
—Claro que puedo.
Fue entonces cuando Mateo se fijó en la Úrsula que aparecía en la pantalla. Se quedó un momento en silencio y luego dijo:
—¡Hace solo un año que no nos vemos y has cambiado un montón!
—¿En qué he cambiado? —preguntó Úrsula sin mirarlo, concentrada en el teclado.
Mateo entrecerró los ojos.
—¿Cómo te explico? Mmm… te pareces más a la de antes.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...