Mateo y Úrsula se habían conocido hacía cuatro años. Él estaba en una misión en la sierra cuando lo mordió una serpiente venenosa. Apenas sintió la mordida, el mareo y la debilidad se apoderaron de su cuerpo. Para empeorar las cosas, no solo no reconocía la especie de la serpiente, sino que también había perdido su celular.
Justo cuando estaba a punto de perder el conocimiento, una niña con una cesta a la espalda apareció frente a él.
Mateo sacó su identificación del bolsillo.
—Oye, niña, creo que no la libro. Toma esto y llévalo a la estación de policía que está bajando la montaña. Ellos sabrán qué hacer.
La niña no tomó lo que le ofrecía. En su lugar, se agachó y examinó la herida con una expresión seria.
Mateo soltó una risa amarga.
—Niña, no te molestes en mirar. Si sigues ahí, de verdad me voy a morir. Si bajas ahora, quizá alcancen a recuperar mi cuerpo completo.
Si anochecía, los lobos empezarían a rondar por la montaña. Para entonces, temía que no quedara ni un hueso de él. Nunca imaginó que, después de una vida de aciertos, terminaría sus días sin siquiera una tumba.
La niña no respondió. Rasgó un trozo de tela de su propia ropa y se lo ató con fuerza en la pierna para impedir que el veneno siguiera subiendo.
—Por la herida, te mordió una víbora de cinco pasos. Donde hay serpientes venenosas, a siete pasos se encuentra el antídoto. Espérame aquí, vuelvo enseguida.
—¿Eres doctora? —preguntó Mateo, sorprendido y sin poder reaccionar.
—Sí —asintió ella.
—¿Puedes salvarme? —insistió.
—Sí —respondió la niña, que parecía bastante seria, de pocas palabras y con un aire distante.
—¿Y dices que esta hierba me va a salvar? —preguntó Mateo, con el rostro pálido—. Niña, ¿sabes que lo único que cura una mordedura de serpiente es el suero antiveneno? Bah, para qué te explico, ni que fueras a entender. ¿Ya terminaste la secundaria?
Mateo no paraba de hablar, como una matraca.
La niña no le hizo caso. Se metió la hierba en la boca y la masticó hasta convertirla en una pasta. Luego, la escupió en la palma de su mano y se la aplicó directamente sobre la herida.
—¡Aaaay! ¡Duele, duele! ¡Niña, con más cuidado!
—Tú eliges: el dolor o la muerte —le espetó ella.
Mateo se calló de golpe.
Al principio, había pensado que la niña solo estaba fanfarroneando. Se veía demasiado joven, no parecía una doctora. Pero, para su sorpresa, apenas media hora después de que le aplicara la hierba, el mareo disminuyó y sintió que recuperaba las fuerzas. De repente, la forma en que Mateo la miraba cambió por completo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...