Nunca imaginó que, así como empezó a beber de repente, lo dejaría de la misma forma. A Mateo le costaba asimilarlo.
Úrsula estaba muy ocupada en ese momento.
—Tengo cosas que hacer, te cuelgo —dijo, mirando a Mateo.
—Claro.
Tras colgar, Úrsula abrió el perfil de Jana y lo examinó con detenimiento. La información era la misma de siempre, pero esta vez notó un detalle nuevo: veinte años atrás, Jana había sido propietaria de un inmueble en Villa Regia. Sin embargo, la propiedad fue vendida tres meses después de la desaparición de Leticia.
A simple vista, solo era una casa. Pero Úrsula encontró dos puntos que no cuadraban.
Primero, tanto Jana como Leticia eran trabajadoras comunes. Aunque los precios de las viviendas no eran tan altos hace veinte años, sus salarios no les habrían alcanzado para comprar una propiedad.
Segundo, ¿por qué Jana decidiría vender la casa apenas unos meses después de la desaparición de su hermana?
Úrsula abrió una aplicación de bienes raíces y buscó el fraccionamiento donde se ubicaba la propiedad. No tardó en descubrir que la casa de Jana estaba de nuevo a la venta.
Ding-dong.
Su celular recibió un WhatsApp. Era de Israel Ayala.
[Bebé, ¿qué haces? ¿Vamos al cine mañana?]
Úrsula respondió: [Mañana voy a ver una casa.]
[Entonces vamos juntos. ¿A qué hora salimos? Paso por ti.]
[Como a las nueve de la mañana.]
[Perfecto, bebé.]
—Sube.
Úrsula se inclinó y entró al carro. Él rodeó el vehículo y se sentó al volante.
—Úrsula —dijo Israel una vez dentro—, estuve investigando y el fraccionamiento al que vamos se construyó hace veinticinco años. Las instalaciones y el entorno ya están un poco anticuados. Grupo Ayala también ha incursionado en el sector inmobiliario. Si te interesa, ¿quieres que te lleve a ver algunos de nuestros desarrollos?
—No, gracias —respondió Úrsula, tomando otro sorbo de café—. Hoy voy por otro asunto.
—De acuerdo. —Israel no insistió.
Poco después, llegaron al Barrio del Horizonte. Hace veinticinco años, era el complejo residencial más próspero de la zona, pero el tiempo había hecho estragos y ahora parecía un anciano en decadencia.
Quien los recibió no fue el dueño actual, sino un agente inmobiliario. El agente abrió la puerta y, probablemente porque la casa llevaba mucho tiempo deshabitada, una bofetada de olor a humedad y encierro los recibió. El hombre se puso un cubrebocas de inmediato y, muy considerado, les ofreció uno a Úrsula y a Israel.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...