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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 604

—¡Niña, eres mi salvadora!

—No, corrección: ¡eres mi jefa!

—De ahora en adelante, tú eres mi jefa.

—¿Cómo te llamas?

—Úrsula.

—¡Úrsula! —Mateo se puso de pie, levantó tres dedos y juró con devoción—: Yo, Mateo, juro ante el sol que desde hoy Úrsula y yo somos como hermanos de sangre. De ahora en adelante, bastará una palabra suya para que yo, Mateo, vaya hasta el fin del mundo por ella. Aunque no nacimos el mismo día, ¡moriremos juntos como hermanos!

Ante la declaración tan dramática de Mateo, Úrsula solo le lanzó una mirada de fastidio.

Desde ese día, mantuvieron el contacto. Sin embargo, en algún momento, Mateo notó que Úrsula había cambiado. Ya no era la misma. Su rostro era el de siempre, pero su carácter y su forma de ser eran completamente distintos. La situación empeoró con el tiempo, hasta que un día se dio cuenta de que se había transformado en otra persona. Empezó a usar maquillaje recargado, a comportarse de manera cínica y, más adelante, a renegar de sus seres queridos por un hombre. Incluso Mateo, por ayudar a la Úrsula de antes, terminó involucrado en varias malas decisiones.

Pero ahora, Mateo sentía que la Úrsula de siempre había vuelto.

—La gente cambia —dijo Úrsula con un tono indiferente. De pronto, como si recordara algo, añadió—: Pero, ¿estás seguro de que la yo de ahora se parece más a la de antes?

—¡Por supuesto! —asintió Mateo—. Úrsula, nos conocemos desde hace años, ¿crees que te mentiría?

Úrsula se masajeó la frente con la mano. Un destello fugaz cruzó por sus ojos claros.

—Ya te envié los movimientos bancarios de Jana —dijo Mateo, y luego añadió—: Oye, pues no parece haber nada raro.

Úrsula abrió el archivo que Mateo le había enviado y frunció el ceño. Los movimientos bancarios de Jana eran completamente normales. La transacción más grande era de apenas cincuenta mil pesos. Pero, a menudo, las cosas que parecen más normales son las que esconden algo.

—Sin problema. Oye, Úrsula, ¿cuándo tienes tiempo para que nos tomemos algo?

—Lo dejé —respondió Úrsula.

—¿Que lo dejaste? —Mateo no salía de su asombro.

—Sí —confirmó ella.

Mateo sonrió.

—Se me olvidaba que a ti nunca te gustó beber. Me parece muy bien que lo hayas dejado.

Desde que la conocía, a Úrsula no le gustaba el alcohol. Solo había empezado a beber hacía dos años. Al principio, él le insistía en que una chica no debía beber tanto, pero ella no le hacía caso. Al final, no le quedó más remedio que acompañarla.

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